#tejiendoterritorios: Los procesos de participación conocen la reserva van der Hammen con el Jardín Botánico José Celestino Mutis
La aventura comenzó temprano. Un café de mañana dio paso al cielo que se abre hasta el infinito en el barrio Bella Flor de la localidad de Ciudad Bolívar. Desde el oriente, el sol comenzaba a salir de esa forma tan bogotana que promete lluvias hacia el mediodía.
Mientras se saludaban, los viajeros se fueron acomodando en sus puestos y junto a la camioneta blanca el profesor verificaba lista para no olvidar a nadie. Esta vez todos conocerían un lugar muy especial; el Bosque Las Mercedes esperaba con sus aves, sus curíes, sus abejas y sus árboles icónicos.

En esta jornada, el grupo de adultos mayores que junto con el Jardín Botánico viene recuperando los saberes propios, ancestrales y locales desde su proceso de participación para el reconocimiento y cuidado de la biodiversidad local, tendría la oportunidad de acercarse al último relicto de bosque nativo de la sabana. En efecto, después de más de dos horas de viaje que no los amilanaron, los participantes, acompañados de su docente y del equipo de participación del Jardín, pudieron recorrer los senderos, conversar, recordar, respirar y admirar la belleza de la naturaleza. Como lo dijo una de las participantes “la naturaleza es muy hermosa”, mientras recordaba su Líbano natal y su infancia cerca al Río Magdalena, que evocaba ahora en el sendero rodeado de raques, alisos, laureles y robles, plantados por el Jardín Botánico durante los últimos años en el proceso de recuperación ecológica y de conservación del Bosque Las Mercedes, en el corazón de la reserva van der Hammen.
En los caminos, atravesados por huellas de curíes, sonidos de aves y rumores del bosque, nos cruzamos con grupos de jóvenes que adelantaban ejercicios de ciencia participativa, profesionales formándose en capacidades de propagación y conservación de biodiversidad y educadores preparando jornadas con nuevos grupos. Todas y todos unidos por el respeto y el amor por la naturaleza, que se respira en este espacio y que se puede tocar y sentir al conocer el “abuelo” cedro”, maestro obligado en cada visita, que desde sus raíces nos puede contar la historia del bosque.
Los abuelos regresaron felices a Bella Flor, no importa atravesar trancones, avenidas o encontrarse con la lluvia que ya se sentía en el cúmulo de nubes que se alistaban a mojar a los transeúntes y a refrescar las plantas y llenar los humedales de la ciudad. Ellos esperan volver en las nuevas visitas que se seguirán programando dentro del proceso para enriquecer su comprensión del territorio, donde conviven el agua y la naturaleza.






