Tejiendo territorios: El valor de lo pequeño: postales desde el Club de Ciencias de la Institución Educativa Distrital Gabriel Betancourt Mejía

Tejiendo territorios: El valor de lo pequeño: postales desde el Club de Ciencias de la Institución Educativa Distrital Gabriel Betancourt Mejía

Cada semana, al llegar al Colegio Gabriel Betancourt Mejía, nos encontrábamos con una escena que marcaba el inicio de la jornada: un pequeño grupo de estudiantes esperaba las actividades del Club de Ciencias. No llegaban allí por una nota ni porque esta actividad formara parte de su horario habitual; llegaban motivados por la curiosidad de aprender sobre la naturaleza, querían saber qué había en la huerta o qué insectos podían encontrar. Por eso, cada encuentro tenía un significado especial.

Desde mi rol en el equipo del Jardín Botánico de Bogotá, en el marco de la estrategia Tejiendo el Territorio, acompañar este proceso fue descubrir que la educación ambiental encuentra su mayor fortaleza cuando nace de la voluntad de quienes participan. El Club unía a estudiantes de diferentes cursos y edades: algunos querían conocer más sobre las plantas, otros interesados en la huerta escolar, los insectos o simplemente en compartir un espacio diferente. Junto a ellos, los jóvenes del Servicio Social Ambiental se convirtieron en líderes y un ejemplo de corresponsabilidad para sus compañeros.

Durante el semestre nos propusimos un reto que despertó la atención de todos: construir una guía de campo sobre los artrópodos presentes en el colegio. Para muchos, los insectos eran animales pequeños que pasaban desapercibidos o les daban miedo, pero pronto empezaron a mirar diferente el territorio.

La primera gran aventura consistió en instalar trampas de caída en distintos puntos de las coberturas vegetales. La expectativa era enorme. Al día siguiente, cuando regresamos a revisar los organismos capturados, confirmamos que el trabajo de campo siempre guarda sorpresas. Escarabajos, arañas, milpiés y otros pequeños habitantes del suelo despertaron preguntas, hipótesis y conversaciones profundas. Lo importante no era encontrar el insecto más llamativo, sino comprender que cada ser cumplía una función vital dentro del ecosistema de la institución.

Luego, nos trasladamos a un laboratorio de observación. Equipados con lupas, los estudiantes descubrieron detalles que suelen pasar inadvertidos: las formas de las antenas, las texturas del cuerpo, la diversidad de patas y alas, los colores metálicos de algunos escarabajos y la delicadeza de estructuras casi invisibles a simple vista. Cada fotografía tomada reflejaba una mirada cuidadosa y un ejercicio científico autónomo. Así fue tomando forma la guía de campo, un material elaborado colectivamente para reconocer la biodiversidad que habita en la cotidianidad escolar.

Pero el hito más significativo del proceso fue la construcción de un hotel de artrópodos. La iniciativa surgió como una respuesta práctica frente al cambio climático y la pérdida de biodiversidad, que buscaba ofrecer un refugio a diferentes organismos benéficos presentes en los jardines. Con la participación activa del grupo y el liderazgo de los propios estudiantes, recolectamos madera, ramas y hojas secas para organizar una estructura protectora que finalmente quedó instalada en un espacio con potencial de conservación dentro de las zonas verdes.

Ver el hotel terminado produjo una satisfacción difícil de describir. Más allá de la construcción física, el hotel representaba un compromiso con la vida. Al finalizar el proceso, comprendí que los resultados más importantes no siempre son los productos visibles, como la guía de campo o el hotel mismo. Lo verdaderamente valioso fue observar cómo los estudiantes comenzaron a detenerse para mirar el suelo, identificar una hormiga, preguntarse por el papel de un escarabajo o explicar a otros compañeros la importancia de estos pequeños organismos.

Esa transformación en la manera de habitar el entorno es uno de los mayores logros de la educación ambiental. El Club de Ciencias demostró que cuando la curiosidad guía el aprendizaje, los jóvenes se convierten en protagonistas de su propio conocimiento y siembran una semilla de investigación y participación comunitaria que seguirá creciendo con cada nueva generación que decida cuidar su territorio.