Tejiendo territorios: Qué hay en nuestros páramos
Las y los estudiantes del Gimnasio Kaiporé habían escuchado sobre el páramo en su colegio, y tenían la tarea de reconocer la biodiversidad que habita dentro de él. Para eso, con el apoyo de Bogotá tuvieron un recorrido por el Mirador de la Laguna Chisacá en Sumapaz. Antes de iniciar compartieron lo que sabían sobre el lugar, palabras como: frailejones, agua y frío surgieron en el repaso que hacían.
Mientras buscaban abrigarse preparaban sus cámaras, papel para anotar y se repartían en grupos. Cada uno buscaría algo diferente: plantas, animales y hongos. Con entusiasmo empezaron su recorrido para conocer de la mano de la profesora naturaleza de qué trata la biodiversidad y el ecosistema del páramo.
A pesar de los planes realizados la profesora naturaleza no tardó en señalarnos que ningún papel ni grupo funcionaría, empezó a lloviznar y los papeles se humedecieron y las manos se congelaban. El reconocimiento continuó a pesar de esto y con asombro y esfuerzo cada que encontrábamos distintas especies las fotografiábamos.


Hablar sobre el páramo era muy distinto a estar en él. Cada vez que identificaban, apoyados por las profesionales del Jardín Botánico José Celestino Mutis, líquenes, hongos y frailejones era una motivación más para seguir a pesar del frío en el corto trayecto permitido por la zona protegida. Cuando nos devolvíamos con los dedos morados y húmedos entendíamos de qué trataba este ecosistema y como si nos dieran un premio por nuestro esfuerzo un águila nos saludó cruzando el cielo sobre el que caminábamos. La emoción entre las y los estudiantes era notable y se tomaban fotos con sus coordenadas para posteriormente poder analizar los datos.
Al final, el sol volvía y nosotros regresábamos por el mismo sendero en el que ahora algunas aves y cuyes se asomaban. Veíamos nuevos detalles en el paisaje: algunas flores, líquenes en nuevos espacios y diferencias entre algunos frailejones. A pesar del frío hostil, de las plantas pequeñas y la humedad no parábamos de sorprendernos por la diversidad que encontrábamos.
Ese día comprendimos que el páramo no solo se estudia, se siente. Entre los charcos, fotos y narices congeladas aprendimos que este lugar, lejano a lo que conocíamos, es un sitio lleno de vida que también hay que cuidar. Volvimos con los tenis y botas mojadas, pero también con la certeza de que en cada frailejón, en cada gota de agua y en cada ser diminuto del páramo, late el equilibrio que sostiene nuestro planeta.






