Historias del verde urbano: Homenaje a las víctimas del conflicto armado en la Thomas van der Hammen
Las Mercedes, un predio de esta reserva donde el Jardín Botánico José Celestino Mutis adelanta un proceso de restauración ecológica, fue el epicentro de un sentido homenaje.
Dos de los 36 ciudadanos asesinados hace 24 años en una masacre ocurrida en Caquetá y que fueron identificados recientemente, recibieron placas conmemorativas en el bosque de la paz y la reconciliación.
11 funcionarios de la Fiscalía General de la Nación que continúan desaparecidos y dos secuestrados, también fueron homenajeados en este evento.
Bogotá, febrero de 2026. En octubre de 2002, fruto de la denuncia de un ciudadano, un equipo de la Unidad de Derechos Humanos de la Fiscalía General de la Nación se adentró en las tupidas selvas de uno de los municipios del Caquetá más azotados por la violencia.
En Puerto Torres, una inspección de Belén de los Andaquíes, la comisión liderada por la antropóloga forense Helka Quevedo encontró 36 fosas con cuerpos que evidenciaban señales terroríficas de una masacre, como tortura y descuartizamientos.
En esta región del bosque húmedo tropical de la Amazonia colombiana operaba el grupo paramilitar del Frente Sur de los Andaquíes del Bloque Central Bolívar (BCB) de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).


Según “Textos corporales de la crueldad”, una investigación del Centro Nacional de Memoria Histórica que reconstruyó los hechos, este hallazgo confirmó que en Puerto Torres funcionó una de las “escuelas de la muerte” de los paramilitares.
“Era un sitio de entrenamiento en sus estrategias militares. Sumado a esto, allí desarrollaron y aplicaron métodos para torturar, asesinar y desaparecer personas que fueron desaparecidas forzadamente y posteriormente asesinadas e inhumadas en fosas clandestinas”.
El documento revela el testimonio de un testigo que reveló un “lugar de acopio” en Puerto Torres donde había 150 hombres “dedicados a torturar, asesinar y desmembrar a las personas llevadas allí como retenidas, acusadas de no obedecer las órdenes de los paramilitares”.
En la primera de las dos comisiones realizadas por el grupo de la Fiscalía, los funcionarios analizaron meticulosamente la iglesia, la casa cural y el colegio, sitios que estaban abandonados y desordenados. “El olor a muerte se percibía a cada paso. Encontramos casquillos de proyectil”.
Los árboles del sitio, según la investigación, tenían claras señales de la tortura realizada. “En sus troncos se podían observar cortes producidos por armas blancas, huellas de quemaduras, zonas de ahumamiento y proyectiles de arma de fuego incrustados en los tallos”.
“En el árbol de mango del colegio, el informante dijo que colgaban a las personas y las exponían a las altas temperaturas ambientales sin recibir nada de tomar ni comer. En la casa cural eran llevados los sobrevivientes para interrogarlos; era un calabozo donde los dejaban morir”.
Luego de pasar por estos sitios, los cuerpos sin vida, de acuerdo con la publicación del Centro Nacional de Memoria, “eran trasladados a las pequeñas fosas individuales cavadas en su mayoría por nuevos miembros del grupo paramilitar”.
En la segunda comisión, 23 funcionarios judiciales y forenses, como antropólogos, médicos, odontólogos, dactiloscopistas, fotógrafos, topógrafos y auxiliares de morgue y de campo, exploraron más de cinco hectáreas en busca de los cuerpos.
“Así fue posible encontrar 36 cadáveres en fosas individuales clandestinas en tres sectores: La Pista (12 cadáveres), Las Palmas (23 cadáveres) y uno en la zona urbana”. 35 de los cuerpos fueron enterrados en el cementerio del casco urbano de Belén de los Andaquíes.
El cuerpo 36, reportado al final del operativo por una mujer, uno de los pocos habitantes que había en la inspección, tuvo que ser llevado a Florencia en helicóptero para ser inhumado en el cementerio.
Antes de ser enterrados, los expertos analizaron los cuerpos en una morgue provisional para establecer la manera en que fueron asesinados y practicar los procedimientos forenses y criminalísticos.
“Si hubieran estado esqueletizados, habrían sido transportados a un laboratorio de antropología. Pero presentaban mucho tejido blando y no era posible hacerlo por condiciones de seguridad”.
En 2011, la Fiscalía General realizó una segunda exhumación a los cuerpos de las 35 víctimas que fueron enterradas en el cementerio de Belén de los Andaquíes. La víctima 36, que estaba en el cementerio de Florencia, desapareció de la zona.
“Esto dio indicios sobre la identidad de algunas personas que murieron violentamente en Puerto Torres en el año 2002. Ocho de los 35 cadáveres enterrados en el municipio tenían presunta identidad, por lo que fueron trasladados a los laboratorios de la Fiscalía en Bogotá”.
“Textos corporales de la crueldad” revela que estos ocho cuerpos se identificaron y fueron entregados a sus familias en 2012. “Al finalizar 2014, 28 cadáveres continuaban sin identificar. De los 36, 33 eran hombres y tres mujeres; la persona más joven tenía 15 años y la mayor 60”.
Bosque de la paz y la reconciliación
En 2014, Helka Quevedo, la antropóloga forense que lideró la comisión que encontró a las 36 víctimas de la violencia en Belén de los Andaquíes y que ese año trabajaba en el Centro de Memoria Histórica, se comunicó con el Jardín Botánico de Bogotá (JBB).
Quería rendirles un homenaje a estas personas que perdieron su vida por el conflicto armado en uno de los sitios donde el JBB iniciaba uno de sus proyectos de restauración ecológica: Las Mercedes, un predio de la reserva forestal productora Thomas van der Hammen.
Según Germán Darío Álvarez, subdirector técnico operativo del JBB, en este predio de 28,5 hectáreas, ubicado en la localidad de Suba, se acordó darle vida a un bosque en honor a la memoria de las personas que fallecieron en Puerto Torres.


“Recreamos la figura del mapa de Colombia y plantamos 36 cedros, una de las especies nativas que hacen parte de la restauración ecológica de este proyecto. Lo llamamos el bosque de la paz y la reconciliación”.
El día de la plantación, que contó con la participación de funcionarios del Centro de Memoria Histórica y el JBB y varios familiares de las víctimas, se instalaron placas conmemorativas de las ocho víctimas identificadas por la Fiscalía.
“El bosque de la paz y la reconciliación le rinde un sentido homenaje a la memoria de estas víctimas y hace un llamado al cese de la violencia desatada por el conflicto armado. El objetivo es que cada una de las víctimas tenga una placa cuando sea identificada”, dijo Álvarez.
Con el paso de los años, el trabajo forense de la Fiscalía General de la Nación logró identificar 18 de las 36 víctimas, que fueron desaparecidas en varias zonas del país y luego llevadas a la “escuela de la muerte” en la inspección Puerto Torres.
“A todas les instalamos una placa conmemorativa al lado del cedro que honra su memoria y su vida. El de la paz y la reconciliación de Las Mercedes es uno de los más representativos de los siete bosques que hemos consolidado en este predio de la reserva Thomas van der hammen”.
Paola Valencia, coordinadora del equipo de restauración ecológica de la Subdirección Técnica Operativa del JBB, aseguró que todos los bosques que se han consolidado en Las Mercedes tienen un significado especial.
“En este predio hemos plantado 60.042 árboles y arbustos de más de 100 especies nativas del bosque altoandino. El bosque de la paz y la reconciliación es uno de los más especiales por todo lo que representa para las víctimas del conflicto armado y sus familias”.
Nuevo homenaje
La antropóloga forense Helka Quevedo volvió a trabajar en la Fiscalía General de la Nación para seguir adelantando la identificación de los cuerpos que hacen falta de la masacre ocurrida en Belén de los Andaquíes en 2002.
Hace poco, el trabajo de esta entidad de la rama judicial del poder público identificó dos cuerpos más: José María Duarte Ríos, nacido en Simacota (Santander) en julio de 1974; y Eduardo David Martínez Muñoz, en Montería en mayo de 1968.
Inmediatamente se comunicó con el Jardín Botánico de Bogotá para organizar un nuevo homenaje a estos hombres que fueron desaparecidos y perdieron sus vidas en hechos del conflicto armado en sus territorios y llevados a la “Escuela de la muerte” en Puerto Torres.


Luego de entregarles los restos de José María y Eduardo David a sus familias, Helka volvió a comunicarse con ellos para invitarlos al bosque de la paz y la reconciliación del predio Las Mercedes y así instalar las placas conmemorativas en dos de los cedros plantados.
El homenaje a estas víctimas del conflicto armado fue realizado el pasado viernes 13 de febrero a las nueve de la mañana. Más de 100 personas, entre funcionarios de la Fiscalía, el JBB y el Centro de Memoria, y varios de sus familiares, se dieron cita en el emblemático bosque.
Las notas nostálgicas de un saxofón marcaron el inicio del homenaje. En medio de la muestra musical, los participantes, con rosas blancas en sus manos, recorrieron el mapa de Colombia con los 36 cedros y leyeron los mensajes de las víctimas ya identificadas.
Luego de unas sentidas palabras, Helka le entregó el micrófono a Raúl González, delegado contra la Criminalidad Organizada de la Fiscalía que aseguró que, poder identificar a estos dos ciudadanos y entregarles los cuerpos a sus familiares, es una luz de esperanza en el proceso.
“Detrás de cada número hay una historia y un dolor. Este acto no devuelve a los seres queridos, pero esperamos que sea un homenaje a la vida, un reconocimiento al valor y la perseverancia de sus familias y un recordatorio del deber del Estado para que no se repitan estos hechos”.
González mencionó que este es un bosque de paz que representa la unión, el cuidado y la continuidad de la vida. “Los árboles se comunican, se alimentan y se curan mutuamente como si formaran un único organismo viviente”.
“Cada uno de los cedros del bosque representa una vida, una historia y una familia que espera”, dijo el funcionario. “Estos cedros rinden un homenaje a la memoria y dignidad de las víctimas del conflicto armado. Hoy damos un paso más en el camino a la verdad y la dignificación”.
En su intervención, Germán Darío Álvarez, subdirector técnico operativo del JBB, precisó que la entidad lleva 70 años protegiendo y preservando la vida a través de árboles, jardines y huertas, coberturas vegetales que, en algunos casos, tienen un sentido muy especial.
“En 2014, Helca nos hizo un llamado a conservar la memoria en esta reserva. Este bosque, una representación del mapa de Colombia, le da un símbolo a lo que siente el país con las víctimas y por sanar las heridas que durante años nos hemos causado como sociedad”.
Según Álvarez, para este bosque de la memoria se escogió al cedro, una especie longeva que puede vivir hasta 300 años. “Con estos árboles simbólicos acompañamos el dolor de las familias e inspiramos a cerrar esas heridas que nos ha dejado el conflicto”.
Para el subdirector, la naturaleza debe ser una forma de inspirar el cambio, “una enseñanza a las nuevas generaciones para que conozcan un país distinto y que el esfuerzo no sea identificando cuerpos sino inmortalizando la diversidad, que es nuestra mejor marca”.
Terminadas las palabras protocolarias, los familiares de José María y Eduardo David, como sus esposas, madres, hijos, tíos, hermanos y nietos, ayudaron a instalar las placas conmemorativas al lado de los cedros y los convirtieron en seres eternos de este bosque.
Profesionales de la Fiscalía General de la Nación fueron los encargados de entregarles las dos placas a los familiares. “En este proceso han participado muchos expertos que, hoy en día, nos permitieron identificar los cuerpos”, precisó Helka.
11 funcionarios de la entidad que continúan desaparecidos por sembrar la semilla de la paz en diferentes territorios del país, recibieron una placa y un nuevo cedro en el bosque de la paz y la reconciliación.
Alirio Achipiz, Israel Roca, Mario Anillo, Jaime Barros, Hugo Quintero, Carlos Ibarra, Danilo Carrera, Edilberto Linares, Jore Luis de la Rosa, Fabio Coley y Andrés Mejía, fueron homenajeados por sus compañeros de trabajo; al igual que dos servidores públicos que están secuestrados.
Al final del homenaje, que estuvo acompañado por canciones con profundos mensajes de paz, resistencia y reconciliación, fue instalada una nueva placa en este bosque de la reserva Thomas van der Hammen.
“Los árboles sembrados en este bosque desde 2014, honran la memoria de 36 víctimas del conflicto armado en hechos ocurridos en Puerto Torres (Caquetá). A la fecha, 16 de estas personas aún no han sido identificadas”, revela la placa.
Este nuevo homenaje también tiene un texto de John Donne. “La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”.






