Historias del verde urbano: El guardián peludo de los árboles de Engativá
Hachi, un pastor francés de tres años, acompaña las plantaciones, replantes y riegos que realiza el Jardín Botánico en esta localidad del noroccidente de la ciudad.
Desde que llegó al hogar de Sara Tombe, una indígena misak que trabaja como operaria en la entidad, aprendió a no causar afectaciones en las coberturas vegetales.
El guardián del verde de Engativá no deja que los ciudadanos orinen o afecten los árboles jóvenes y también cuida de los peligros al equipo de trabajo.
Bogotá, 2 de septiembre de 2025. Durante las celebraciones navideñas de 2023, una pequeña bola de pelos blancos y grises llegó al apartamento de Sara Tombe, una indígena misak que se formó como partera en uno de los territorios ancestrales del departamento del Cauca.
No fue amor a primera vista. Cuando cruzaron sus miradas por primera vez, esta mujer que conoce a la perfección los poderes de las plantas medicinales, no se dejó cautivar por la ternura del perro que le llevó Lizeth, su única hija.
“Nunca me han gustado los perros y los gatos”, dice sin pena Sara. “Tener una mascota es una responsabilidad que requiere de tiempo, dinero y paciencia. Cuando unos conocidos de Tenjo le ofrecieron el perrito a mi hija, con mi esposo le dijimos que no”.


Sin embargo, Lizeth se comprometió con el cuidado del futuro miembro perruno de la familia, como sacarlo a pasear por las zonas verdes del barrio de Fontibón donde vivían, darle la comida, bañarlo y enseñarle a no hacer daños en el apartamento.
“Mi hija, en esa época de 11 años, sabía hacer galletas y comida para perro y por eso nos dijo que se encargaría de alimentarlo. También nos convenció cuando contó que nadie quería hacerse cargo de él; nos dio pesar”.
Según Sara, que nació en el resguardo Guambía del municipio de Silvia, otras de las razones para aceptar al perro es que ya estaba vacunado, esterilizado y pensaba que no iba a crecer mucho. “Tenía pinta de un french poodle”.
Luego de comprarle su cama y los platos para la comida y el agua, Sara y su esposo Miguel Antonio, otro indígena misak, le cambiaron su nombre original, Igor, por una palabra de su lengua nativa que les gustaba bastante y significa morder.
“Los llamamos Hachi. A pesar de que mi hija se encargaba de su cuidado, durante los primeros meses estuve a punto de devolverlo. Como todo perro pequeño, empezó a hacer destrozos en el apartamento y me sacaba unas rabias duras; admito que no me caía bien”.
La indígena misak no estaba dispuesta a que la mascota se convirtiera en un dolor de cabeza. Cada vez que causaba un daño, lo regañaba y le mostraba un rollo pequeño de papel periódico para que no lo hiciera. “A veces me tocaba pegarle en el rabo, pero suave”.
El compromiso de su hija de cuidar a Hachi no duró mucho. En este caso no fue por pereza o falta de voluntad, sino por una fuerza mayor: le salió un cupo para estudiar en un internado en el barrio Los Laches del centro de Bogotá.
Aunque todavía no sentía un amor desbordado por el perro, Sara no pensó en regresarlo a su primer hogar o regalarlo. La familia ya se había encariñado con él y por eso decidieron modificar un poco su rutina diaria.
Desde ese momento, la guambiana se hizo cargo de Hachi. Sin humanizarlo, le empezó a enseñarle a comportarse mejor, como solo hacer popó en el apartamento, no orinar en los árboles pequeños de los parques y no ladrar como loco.
“Así nació mi gran amor por Hachi, un perro que con el paso del tiempo creció bastante y perdió las manchas grises de su hocico y patas. Quedé sorprendida cuando me dijeron que no era un french poodle sino un pastor francés mezclado con otra raza”.
Guardián verde
Las lecciones que le dio Sara a Hachi tenían un propósito. No quería dejarlo solo en el apartamento mientras trabajaba como operaria del equipo de arbolado joven del Jardín Botánico de Bogotá (JBB) en Engativá y Teusaquillo.
Su objetivo era llevarlo a las plantaciones, replantes, plateos, podas, riegos y fertilizaciones que hacía a diario en estas localidades con una cuadrilla conformada por un ingeniero y cerca de 10 operarios.
“Como Hachi aprendió a no orinar en los árboles jóvenes, es decir los que tienen menos de tres años de plantados, ni a hacer popó fuera de casa o ladrar a cada rato, sabía que no me iba a causar problemas en el trabajo”.


En esa época, es decir en 2024, la ingeniera forestal Karen Ceballos era la encargada de liderar a esta cuadrilla de operarios. Sara decidió no contarle sobre su idea de llevar a Hachi a trabajar en campo y se arriesgó.
Un día, cogió su bicicleta y se fue con Hachi hasta el parque estructurante o metropolitano Simón Bolívar. Cuando Karen vio a la bola de pelos blancos escondiéndose detrás del cuerpo de Sara, se enamoró inmediatamente del perro.
“La ingeniera ama a todos los perros. Pero con Hachi fue más su cariño al ver que se comportaba muy bien y no se hacía chichí en los árboles pequeños. Ese orín es el que más mata las raíces y evita que crezcan”.
Sus compañeros de trabajo también se encariñaron con el nuevo miembro perruno de la cuadrilla. Según Sara, además de no torpedear sus actividades diarias, Hachi comenzó a protegerlos de los peligros diarios de la calle.
Por ejemplo, cada vez que alguna persona con malas intenciones se acercaba a alguno de los trabajadores del JBB, el pastor francés rompía con su silencio característico y empezaba a ladrar a todo volumen.
“Hachi advierte el peligro con sus ladridos. También lo hace cuando ve que alguna persona está orinando o lastimando a los árboles o si alguien me molesta. Él solo muerde si le jalan la cola, las orejas o los pelos o si lo pellizcan”.
Hace un año, Sara y su esposo se mudaron a un apartamento en Usme, localidad donde todo es más económico. Como el nuevo hogar está bastante retirado de Engativá y Teusaquillo, ya no pudo utilizar más la cicla como medio de transporte.
En TransMilenio o los buses del Sistema de Transporte Urbano de Bogotá (SITP), Hachi también aprendió a comportarse bien. Cada vez que ingresa a alguno de los articulados o buses, se hace debajo de una de las sillas y guarda silencio.
“Solo se altera cuando se suben los habitantes de calle o personas que empiezan a molestarlo. Pero casi siempre está quieto esperando a que lo llame para bajarnos de los buses para iniciar con nuestra jornada laboral”.
Parte del Jardín Botánico
En 2025, Sara y varios de los operarios que son cuidados por Hachi, quedaron en el equipo de arbolado joven de la localidad de Engativá, es decir que ya no tienen a su cargo los árboles de Teusaquillo.
Los ingenieros forestales Brayan Corzo y Tatiana Sandino han liderado a este grupo. Cuando conocieron al pastor francés de tres años y fueron testigos de sus buenos comportamientos en campo, aceptaron que fuera parte de la cuadrilla.
“A ninguno le pregunté si podía estar conmigo. Hice lo mismo que con la ingeniera Karen, es decir llevarlo de sorpresa; la única recomendación fue que no podía ir al JBB porque es un sitio de conservación ambiental donde no pueden entrar perritos”.


Todas las semanas, de lunes a viernes, Hachi visita los parques, andenes, separadores y bosques urbanos de los barrios de Engativá para ayudar a los operarios e ingenieros en sus actividades de renaturalización.
Cuando hay plantaciones de nuevos árboles y arbustos con la comunidad, el compañero perruno de Sara causa sensación. Los ciudadanos quedan sorprendidos con su actitud pacífica y se toman fotos con él.
“Solo se pone bravo si lo molestan. Hace poco, casi muerde a una niña de un colegio porque empezó a jalarle las orejas y pisarle la cola. Si lo dejan tranquilo, Hachi nunca les va a hacer algo malo”.
Mientras Sara y los operarios hacen los plateos, podas y riegos de las actividades de mantenimiento integral o plantan y replantan individuos arbóreos y arbustivos, el pastor francés los observa con mucha atención.
Si ve a alguna persona orinando o lastimando los árboles de Engativá, sale disparado en medio de ladridos para evitar estas actividades. Lo mismo pasa si presiente que su equipo de trabajo corre algún peligro.
“Hachi es el guardián peludo de los árboles de esta localidad. Él solo orina en los individuos adultos de gran porte, a los cuales no les afecta el chichí, y nos ayuda mucho a cuidar a los jóvenes; le encanta acostarse en la tierra cuando hacemos las coronas”.
Según Sara, su compañero diario ya hace parte del Jardín Botánico, entidad que cumplió 70 años. “Todos lo quieren mucho y nos hace el trabajo más fácil. Aunque cuando lo conocí no me cayó bien, se convirtió en parte de la familia; el que se meta con Hachi, se mete conmigo”.
El viaje de Sara
Esta indígena misak o guambiana nació hace 35 años en Guambía, resguardo ubicado en el municipio de Silvia (vereda El Cacique) en el departamento del Cauca. Su infancia estuvo marcada por el conflicto armado.
Debido a la cruda violencia que padece este territorio ancestral donde hacen presencia varios grupos armados, sus padres tomaron la decisión de criar a los tres hijos de la familia en Piendamó, sitio caucano de tierra caliente conocido como la tierra del café y las flores.
“Aunque mi mamá me insistía mucho en que estudiara, solo hice hasta primero de bachillerato. A los 13 años solo quería tener plata para comprarle zapatos a mi hermana menor y ropa para mí; por eso empecé a trabajar en los cafetales”.


Con el dinero que ganaba como recolectora, Sara también ayudaba con el sostenimiento de la primera hija de su hermano mayor, una niña que no tuvo mamá y fue criada por ella. “Cuando mi madre se iba a trabajar, yo me quedaba con la bebé”.
Cansada de recoger los granos del café, aceptó irse a Cali a trabajar como niñera de un bebé recién nacido en una casa de familia, hogar donde estuvo aproximadamente cinco años. “Me trataron muy bien y hasta me llevaron dos semanas a Panamá”.
Luego de unos meses en la casa de sus padres en Piendamó, Sara tomó rumbo hacia Venezuela. Su objetivo era vender artesanías en el país vecino cuando no había caído en la crisis económica, como bolsos, collares y pulseras.
“Me fui con otros indígenas y no sabíamos que éramos migrantes. Cuando pasamos el puente Simón Bolívar de Cúcuta, me robaron toda la mercancía que valía como dos millones de pesos. Llamé a mi mamá y me dijo que me fuera a Bogotá donde una prima”.
A los 18 años, encontró trabajo como empleada doméstica de una familia que vivía en el barrio El Chicó. Sin embargo, por recomendaciones de su papá, los dueños de la casa no la dejaban salir ni al supermercado.
En una de sus vacaciones en Piendamó, Sara desobedeció las órdenes de su padre y asistió a varias fiestas. En una de ellas conoció a Miguel Antonio, indígea misak que también vivía en Bogotá, y así empezó su relación amorosa.
“Él me convenció de terminar el bachillerato los domingos, único día que tenía libre. Luego quedé embarazada de Lizeth y mis jefes me permitieron seguir trabajando con la niña. Me ayudaron mucho y hasta le pagaban un colegio bilingüe”.
Cuando Lizeth cumplió los cinco años, Sara terminó su trabajo en la casa de El Chicó y conformó un hogar con Miguel Antonio. La pareja arrendó un apartamento en un barrio de la localidad de Fontibón.
“Trabajé en un cultivo de flores, en el aeropuerto ElDorado como aseadora en las noches y en un proyecto de la Secretaría de Salud que me permitió aplicar mis conocimientos ancestrales como partera”.
A reverdecer Bogotá
En 2022, una tía que trabajaba en el Jardín Botánico le contó que estaban buscando operarios para reverdecer Bogotá con la plantación y mantenimiento de árboles. Sara pasó todos los papeles y fue contratada en el equipo de arbolado joven de Teusaquillo.
“En el Cauca planté muchos árboles cuando era niña y aprendí a platear. Además, tenía muchos conocimientos ancestrales sobre las plantas; me puse muy feliz cuando quedé escogida para esta nueva oportunidad laboral”.
Jehrson Chauta, ingeniero forestal e indígena pijao, fue su primer jefe en el JBB. Con su asesoría, Sara perfeccionó la técnica para plantar y aprendió de las características y propiedades de los árboles que habitan en el espacio público de la ciudad.


Luego estuvo en el vivero La Florida, la gran sala cuna de los futuros árboles y arbustos de la capital donde tuvo a su cargo actividades como el riego, embolsado y la propagación de algunas semillas.
“En esa época Hachi ya estaba en la casa y se comportaba bien, pero como no podía llevarlo al vivero, pedí cambio. Sin informarles que el perro me iba a acompañar en las labores de campo, ingresé al grupo de la ingeniera Karen en Engativá y Teusaquillo y luego al de Brayan”.
Desde mediados de este año, la ingeniera Tatiana Sandino es su líder. Sara asegura que es una excelente profesional que tiene mucho en cuenta los conocimientos de los operarios y además adora a Hachi.
“Desde que lo conoció, quedó maravillada con su buen comportamiento y porque ayuda a cuidar los árboles. Me dijo que Hachi hace parte del equipo de trabajo y por eso ya ocupa un gran lugar en mi corazón”.
Esta indígena misak que también prepara y vende bebidas ancestrales del Pacífico, como el arrechón y el viche, no tiene intenciones de abandonar su trabajo como operaria del JBB, donde lleva más de tres años.
“Es mi segundo hogar. El JBB me ha permitido crecer como persona y operaria y además deja que Hachi me acompañe a trabajar. Mis compañeros son excelentes y hemos conformado un equipo donde no se ven los conflictos”.
Aunque siente un gran orgullo por reverdecer Engativá y quiere seguir con su trabajo diario, Sara tiene un sueño pendiente: terminar su técnico en diseño de modas para confeccionar prendas donde pueda exhibir la ancestralidad de su territorio.
“Solo hice un semestre, pero creo que muy pronto lo voy a retomar. Como diseñadora y operaria, le puedo ofrecer un mejor futuro a mi hija: Lizeth quiere estudiar negocios internacionales o ser azafata”.






