Una terapia de bosque contada en primera persona

terapia de bosque

Jhon Barros, periodista de la Subdirección Técnica Operativa, narra su primera experiencia en una terapia de naturaleza, una inmersión en medio del verde capitalino.

El Jardín Botánico de Bogotá (JBB) es una entidad pionera en Colombia en este tipo de terapias basadas en la naturaleza.

 

Mi primer contacto con el periodismo lo tuve a los 14 años. Aún estaba en el colegio cuando ingresé a Código de Acceso, la escuela de jóvenes periodistas de la Casa Editorial El Tiempo y la Fundación Virgilio Barco.

Los editores y periodistas del periódico más importante del país fueron mis grandes maestros, grandes profesionales que me inyectaron un amor desbordado por contar historias a través de las letras.

La crónica se aferró en mi corazón y comprendí que sería el género al que me dedicaría de grande.  En los más de ocho años que estuve en El Tiempo cubrí varias fuentes, desde sociales hasta económicas, pero solo una marcó mi vida.

Ruby Marcela Pérez, una de las mejores cronistas ambientales del país, fue la encargada de introducirme en los temas relacionados con la naturaleza y la biodiversidad y me dediqué a escribir de bosques, ríos, mares y la flora y fauna colombiana.

Esa pasión por convertir darle voz a los recursos naturales a través de la crónica me llevó a estudiar administración ambiental en la Universidad Distrital, una carrera que me permitió comprender mejor de lo que escribía.

Con nuevos conocimientos sobre medio ambiente inicié un largo viaje por otros medios de comunicación como la Revista Semana, Caracol Radio y la Revista Catorce 6, al igual que en entidades del orden nacional y distrital.

Durante más de 20 años he recorrido los bosques húmedos de la Amazonia y el Pacífico, los páramos de la Cordillera Oriental, las sabanas de la Orinoquia, los desiertos de La Guajira y las cuencas de titanes hídricos como los ríos Magdalena, Bogotá, Guaviare, Guainía y Bita.

El Jardín Botánico de Bogotá (JBB), entidad que también me ha servido de fuente para dar rienda suelta a la pluma, llegó a mi vida profesional en 2022. Ingresé a escribir crónicas de los huerteros y huerteras de la capital, pero luego amplié mi campo de acción a las demás coberturas vegetales urbanas.

En las plantaciones por todas las localidades de la capital conocí a Yenny Rosas, una licenciada en biología que hace parte del equipo social de la Subdirección Técnica Operativa. Una amistad floreció en medio de las actividades que reverdecen Bogotá.

En una de nuestras largas y amenas charlas, Yenny me habló de un término que no había querido ahondar o entender mejor: las Terapias de Naturaleza, técnica inspirada en el Shinrin Yoku o baños de bosque que nació en Japón en los años 80.

“Para mí son lo mismo que una pajareada por el bosque o una caminata por un escenario natural. Claro que hay un efecto positivo al desconectarse de la rutina y escuchar los sonidos de la naturaleza, pero no veo esto como una terapia”, le dije.

Mi respuesta siempre fue la misma, un rotundo no, cuando me invitaba a participar en una de las terapias de naturaleza del Jardín Botánico, sitio pionero en Colombia en ofrecer estas inmersiones en medio del verde.

“No tengo tiempo para ponerme a abrazar un árbol o escuchar a los pájaros durante más de dos horas. Mejor invítame a una plantación con mucha comunidad donde pueda escribir una crónica bonita”, le contestaba siempre.

 

¡A romper paradigmas!

A comienzos de junio de este año, mientras me dirigía a Suba a entrevistar a una de las huerteras icónicas de Bogotá, recibí una llamada al celular que me puso a latir aceleradamente el corazón.

Era Martha Liliana Perdomo, directora del JBB. Los nervios se adueñaron de mis manos y no alcancé a contestarle. Le devolví la llamada y amablemente me pidió un favor especial: asistir a una de las terapias de naturaleza.

A la directora no le podía decir lo mismo que a Yenny. Acepté la invitación y ella me puso en contacto con la bióloga Paola Rodríguez, asesora del Programa Naturaleza, Salud y Cultura, que se basa en las terapias de naturaleza.

Antes de participar en la actividad me debía empapar sobre el programa y por eso cuadré una entrevista con Paola, la primera colombiana certificada como guía en Terapias de Bosque por parte de la Asociación de Naturaleza y Terapias de Bosque de los Estados Unidos (ANFT).

Durante la hora que duró la entrevista empecé a comprender que una terapia de naturaleza va mucho más allá que una actividad como el senderismo. “Es una oportunidad para desacelerarnos, reconectarnos y volvernos a sentir uno con la naturaleza, al tiempo que traemos bienestar a nuestras vidas”, me informó la experta.

Las terapias de naturaleza del Jardín Botánico se basan en cuatro momentos: bajar el ritmo, dinamización de los sentidos, reconexión y compartir. Según Paola, acogen un método que ha demostrado traer beneficios para la salud física y mental de quienes participan en ellas.

“Hay suficiente evidencia científica que demuestra que nos ayuda a disminuir y regular la presión arterial, reducir el estrés, la depresión y la ansiedad, y fortalecer el sistema inmunológico. Adicionalmente basados en la teoría bi-relacional, cuando sanamos nuestras relaciones con la naturaleza, todos sanamos”.

Pero necesitaba de más carne, un término que utilizamos los periodistas para referirnos a datos, cifras o evidencias, para romper con el paradigma de que las terapias de bosque son lo mismo que una caminata por lo verde.

“El doctor Qing Li, el mayor experto mundial en medicina forestal, asegura que los baños de bosque tienen su mayor efecto a través del sistema olfativo.  Los aromas de los árboles, conocidos como fitoncidas, estimulan las células NK del cuerpo que ayudan a combatir los tumores y las células infectadas por virus”.

También me informó que el JBB cuenta con siete guías certificados que realizan diferentes tipos de terapias de naturaleza en sitios como los bosques urbanos, parques ecológicos y otros elementos de la Estructura Ecológica Principal de la ciudad.

Aunque mi mente ya no estaba tan cerrada, noté que el tono de mi voz no revelaba un gran convencimiento. Creo que Paola se dio cuenta y por eso me informó que debía vivirlo para contarlo.

“Necesitas sumergirte en una de nuestras terapias. Y sin agenda, ni grandes expectativas, dejarte guiar en una inmersión sensorial; durante aproximadamente dos horas, vas a tomar la ‘Vitamina N’, es decir el nutriente que nos hace falta para sentirnos mejor y recuperar las relaciones con la madre naturaleza”.

Inmersión boscosa

Paola me invitó a participar en una terapia de bosque que le ofrecería a varios profesionales del Jardín Botánico el jueves 15 de junio a las 10 de la mañana. El cielo estaba encapotado y el clima bogotano lucía paramoso.

Un dolor de espalda mezclado con tortícolis me iba a servir para medir la efectividad de la terapia. El punto de encuentro fue afuera de la cafetería de la entidad, sitio donde llegaron 20 compañeros de trabajo con colchonetas de color azul.

Paola nos ofreció una charla corta sobre el programa Naturaleza, Salud y Cultura, que nació en 2020, y arrojó un dato que me hizo salivar por su sustancia periodística: un estudio con médicos afectados por estrés que va a medir el poder de las terapias de naturaleza.

“Bajo el liderazgo del Instituto Nacional de la Salud, estamos realizando una investigación en la cual, 108 profesionales de la salud en Bogotá están recibiendo una terapia de naturaleza semanal, durante 6 meses. Estamos  evaluando, antes y después, niveles percibidos de estrés y ansiedad, índices de cortisol (hormona del estrés), calidad del sueño, tensión arterial y hasta los cambios epigenéticos de dos genes ligados al estrés”.

La noticia me llenó de curiosidad. Paola informó que la terapia de naturaleza que íbamos a realizar constaría de cuatro estaciones donde el afán, las tareas y el ruido estarían ausentes. Inmediatamente puse mi celular en modo avión.

El grupo se organizó en parejas antes de dirigirse a la primera estación, una zona repleta de hojarasca y árboles de diversas formas y tamaños. La caminata fue lenta y tranquila. “Pregúntenle a su compañero cuál es su árbol favorito”, dijo Paola.

Yo respondí sin pensarlo mucho que era el yarumo, un árbol de gran porte y tallo largo y delgado que me enamoró desde mis primeros años como periodista en El Tiempo. Mi compañera no tenía favoritismo por alguna especie.

En la primera parada, detrás del lago del JBB, todos nos sentamos sobre las colchonetas para escuchar a Paola, quien ya se había quitado los tenis y las medias. “Pueden sentarse o acostarse, y ubicarse en una posición que les permita estar cómodamente por 15 minutos. Vamos a despertar todos nuestros sentidos y para eso debemos empezar por apagar el que nos domina,  por favor cierren sus ojos”.

Debido al dolor de espalda escogí acostarme. Iniciando con una corta respiración consciente, durante 15 minutos fuimos internamente apagando los ruidos externos y escuchando los propios de nuestro cuerpo.

Avivamos la escucha, el olfato, el gusto y el tacto, palpamos con las manos lo que había en el suelo y el tronco del cuerpo. Cada persona tomó algún elemento y lo probó con la lengua: yo degusté una rama delgada.

“Vamos a abrir los ojos lentamente, y observar detalladamente lo que observan, luego cada uno puede compartir lo que  siente. Guarden el elemento que sus manos encontraron en esta estación porque lo vamos a necesitar al final de la terapia”, dijo la guía.

Me sorprendió bastante que la primera imagen que apareció fueron las ramas frondosas de un yarumo, mi árbol favorito. La rama que probé con mi lengua también era de esa especie.

Me sentí conectado con el Yarumo y los demás elementos de la naturaleza. “Los seres humanos somos parte de la naturaleza, evolucionamos en ella, pero siempre nos han dicho que es algo intocable y lejano. Debemos remendar nuestras relaciones rotas con ella”, mencionó la bióloga.

Caminatas sensoriales

El segundo momento fue una caminata lenta y tranquila hacia la cascada del JBB. El objetivo era observar y escuchar a los seres del bosque, como los árboles, aves, insectos, hongos, aire, agua y suelo.

“Vamos a bajar el ritmo para notar todo lo que está pasando a nuestro alrededor. El silencio debe ser el común denominador; lo que queremos es sincronizarnos con el ritmo de la naturaleza”.

Al observar las ramas de los árboles moverse con el viento, la meticulosidad de los insectos al momento de posarse en las flores y el canto sincronizado de las aves, comprendí que el afán y acelere no hacen parte de la naturaleza.

“Desacelerarnos, restarle volumen a nuestros pensamientos, y notar el entorno natural,  permite descansar nuestra mente y armonizar nuestros cuerpos. En la naturaleza nada está quieto y todo tiene un propósito, sólo necesitamos bajar el ritmo y estar con atención plena, para recordar esa conexión innata con ella”

La guía explicó los beneficios de hacer “grounding” y con los pies descalzos caminamos por una zona montañosa, de tierra negra y algo húmeda. Aunque una rama espinosa se me metió en la piel, el dolor fue prácticamente imperceptible; estaba totalmente inmerso en el verde del bosque.

En la parte más alta del sitio, donde los rayos del sol quedan atrapados en el dosel de los árboles, inició la tercera estación de la terapia de bosque. “Ahora quiero invitarlos a despertar nuestro sentido de la imaginación y dinamizar nuestra conexión con el bosque, por favor elijan un árbol en el que puedan reclinarse”

Escogí sentarme cerca de un robusto roble desde donde podía apreciar una palma de cera en todo su esplendor. Algunos compañeros prefirieron abrazar los troncos de los árboles y otros recostarse al lado de unos troncos caídos.

Así fuimos guiados a transformarnos en árboles: “Imaginen que sus pies se convierten en raíces; las piernas y pecho en el tronco; los brazos y manos en ramas; y la cabeza en la copa; sientan como la luz de sol penetra sus hojas, y como aquí obtienen todo lo que necesitan”.

La palma de cera fue mi fuente de imaginación. Durante 10 minutos fui parte de su largo y anillado tronco y sentí como bailábamos juntos al ritmo del viento; ambos respirábamos el mismo aire.

“El aire que soltamos los seres humanos es el mismo que toma el árbol y lo purifica. Se trata de un círculo de vida perfecto. Vamos a hablar un poco con el árbol que escogimos: podemos agradecerle por permitirnos respirar”, mencionó Paola.

 

Cierre sin dolores

Luego de la recarga de naturaleza en medio del bosque altoandino del Jardín Botánico, el grupo se dirigió lentamente hacia la última estación: una zona que había sido arreglada con elementos del bosque; había un mantel natural redondo con varios pocillos, flores y ramas.

“Acá haremos un círculo de la palabra, por lo que los invito a sentarse y comentar qué notan, como se sienten, mientras tomamos un té elaborado con plantas recolectadas en el bosque”.

Cada uno de los participantes tuvo la oportunidad de expresarse. Varios lo hicieron con gran emotividad, y reflexiones profundas. El común denominador fueron palabras como reconexión, relajación, oxigenación y sanación; pero para mí fue un poco distinto y en dos vías.

El mayor aprendizaje fue bajarle al ritmo diario. Debido a mi profesión como periodista, casi todos los días vivo acelerado buscando personajes o historias para volverlas crónicas, una urgencia que en la naturaleza no existe.

Aprendí que en la naturaleza todos los ritmos son perfectos. Pero como nos han educado como si fuéramos seres apartados a ese gran tesoro, no lo comprendemos y hacemos todo lo contrario. En esta terapia comprendí que el acelere no es natural y debe desaparecer.

El dolor de espalda y la tortícolis, causados probablemente por el estrés laboral del día a día, escasamente se sentían. Comprendí que la mejor terapia para sentirse pleno y dejar atrás los problemas, es sumergirse en los poderes del bosque.

Una terapia de naturaleza es totalmente distinta a una pajareada o una caminata por el bosque. Es un espacio que nos permite bajar el volumen a la mente, agudizar nuestros sentidos, re enamorarnos de la naturaleza, y sentimos parte de ella, como debe ser.

Paola cerró la actividad asegurando que cada terapia de naturaleza es una experiencia única. “No se trata de recrear un discurso, sino permitir experiencias positivas, confiando en lo que el bosque tiene para ofrecernos. En una sesión en el bosque cada participante recibe la medicina que necesita”.

 

Nota: 

Para mayor información o registrarte en una terapia de bosque visita la página web del Jardín  Botánico de Bogotá José Celestino Mutis

https://jbb.gov.co/experiencias-de-bienestar/

o escribe al correo: terapiadebosque@jbb.gov.co