Tejiendo territorios: Ruta Viva del Territorio: cuando Bogotá se encuentra para cuidar la vida

Tejiendo territorios: Ruta Viva del Territorio: cuando Bogotá se encuentra para cuidar la vida

Bogotá 3 agosto de 2026. El viernes 19 de junio de 2026, desde muy temprano, los senderos del Jardín Botánico José Celestino Mutis comenzaron a llenarse de voces, colores, experiencias y memorias provenientes de distintos lugares de Bogotá. Cerca de 800 personas llegaron desde los cerros, las cuencas, el norte, el centro, el sur, el occidente y la ruralidad de la ciudad para participar en la jornada de cierre de los procesos desarrollados durante el primer semestre de 2026.

No se trataba solamente de asistir a un evento. Quienes atravesaban las puertas del Jardín llegaban con una historia construida durante varios meses: estudiantes que habían aprendido a reconocer aves y polinizadores; docentes que transformaron sus aulas en espacios vivos; líderes comunitarios que recuperaron jardines y huertas; personas mayores que compartieron conocimientos sobre las plantas; niñas y niños que descubrieron otras formas de relacionarse con la naturaleza; y personas con discapacidad que demostraron que el conocimiento ambiental también se comunica mediante los sentidos, el movimiento, el arte y la Lengua de Señas Colombiana.

Tejiendo territorios: Ruta Viva del Territorio: cuando Bogotá se encuentra para cuidar la vida
Tejiendo territorios: Ruta Viva del Territorio: cuando Bogotá se encuentra para cuidar la vida

Venían de Bosa, Ciudad Bolívar, San Cristóbal, Usme, Suba, Santa Fe, Usaquén, Chapinero, Los Mártires, La Candelaria, Tunjuelito, Barrios Unidos, Engativá, Fontibón, Puente Aranda y Kennedy. Durante algunas horas, la diversidad territorial de Bogotá se concentró en un mismo lugar. El Jardín Botánico se convirtió en una representación de la ciudad y de las múltiples maneras en que sus habitantes comprenden, habitan y protegen el territorio.

La jornada recibió el nombre de Ruta Viva del Territorio, una denominación que pronto dejó de ser una metáfora. Cada estación, actividad y recorrido permitió reconocer las experiencias desarrolladas en los barrios, instituciones educativas, parques, humedales, corredores ecológicos y espacios comunitarios acompañados por la Subdirección Educativa y Cultural.

Una ciudad narrada desde sus territorios

La mañana comenzó con la experiencia denominada Experiencia en Territorio, un recorrido en el que las comunidades pudieron reconocer los resultados de los procesos en los que habían participado. Las fotografías, los productos pedagógicos, las intervenciones físicas y las actividades instaladas en diferentes espacios del Jardín daban cuenta de una ciudad que no permaneció inmóvil frente a sus problemáticas ambientales.

En el Aula Ambiental, habitantes del sector de Ramajal compartieron los aprendizajes obtenidos alrededor de la contaminación del suelo y las alternativas comunitarias de compostaje. Allí, los residuos dejaron de ser vistos únicamente como un problema y comenzaron a comprenderse como una oportunidad para transformar prácticas cotidianas y recuperar la fertilidad de los espacios.

Tejiendo territorios: Ruta Viva del Territorio: cuando Bogotá se encuentra para cuidar la vida
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En la Maloca, experiencias como Burbujeando el Territorio y Los mándalas y tu entorno permitieron interpretar, mediante el juego, las imágenes y la creación colectiva, los efectos del cambio climático en sectores como El Guavio y Floralia. Las actividades demostraron que hablar de crisis climática no implica solamente presentar cifras o conceptos técnicos; también significa reconocer cómo cambian las lluvias, el calor, la vegetación, la disponibilidad de agua y las dinámicas de la vida cotidiana en los barrios.

Las denominadas Pistas Cruzadas conectaron los aprendizajes de comunidades ubicadas en Carvajal Osorio, Arrayanes, Santa Mónica y La Candelaria. Aunque cada territorio presentaba características particulares, las conversaciones revelaron preocupaciones comunes: pérdida de biodiversidad, contaminación, inadecuada disposición de residuos, deterioro de los espacios verdes y necesidad de fortalecer la participación ciudadana.

En el Domo Cultural, una colcha biocultural reunió fragmentos de memoria, biodiversidad y conocimiento comunitario. Cada pieza tejida representaba una historia vinculada con el Humedal de Techo y con las prácticas de monitoreo desarrolladas por sus habitantes. La colcha no era solamente un producto artístico: era una cartografía afectiva que mostraba cómo las comunidades observan, recuerdan y defienden sus ecosistemas.

En el Biodiversario, estudiantes de diferentes instituciones educativas compartieron experiencias de restauración, propagación de semillas, identificación de especies y reconocimiento de polinizadores. Jóvenes de colegios de Ciudad Bolívar lanzaron bombas de semillas como símbolo de restauración y esperanza, mientras otros participantes presentaron registros de aves e insectos elaborados durante recorridos territoriales.

También estuvo presente el vademécum de prácticas ecológicas construido con estudiantes del Colegio Atlas Colombianas San Luis. Este documento vivo reunió acciones sencillas, aprendizajes comunitarios y compromisos orientados al cuidado ambiental. En sus páginas podía leerse una idea común a muchos de los procesos: proteger el territorio no depende únicamente de grandes obras, sino también de pequeñas decisiones sostenidas colectivamente.

El conocimiento regresó transformado

A medida que las personas recorrían los espacios del Jardín, ocurría algo difícil de medir únicamente mediante indicadores. Los participantes reconocían especies, recordaban actividades y señalaban imágenes relacionadas con sus barrios.

“Esto también lo vimos”


“Esa planta está en nuestro colegio”


“Nosotros hicimos una actividad parecida”


“Ese es nuestro territorio”

Tejiendo territorios: Ruta Viva del Territorio: cuando Bogotá se encuentra para cuidar la vida
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Estas expresiones confirman que el conocimiento ambiental había viajado desde el Jardín Botánico hacia las comunidades y regresaba ahora transformado por la experiencia. Ya no era solamente información entregada por un equipo técnico. Era conocimiento interpretado, discutido, aplicado y enriquecido por quienes habitan diariamente los territorios.

Durante el primer semestre de 2026, la Subdirección Educativa y Cultural acompañó 51 procesos de apropiación social del conocimiento ambiental, distribuidos en diez regiones de Bogotá. Las acciones llegaron a las cuencas del Tunjuelo, Salitre, Torca y Fucha; a los Cerros Orientales; al río Bogotá; a las zonas del sur y occidente; al centro de la ciudad y a sectores rurales.

El cambio climático fue uno de los principales asuntos abordados durante el semestre, seguido por la pérdida de biodiversidad y las problemáticas asociadas con la contaminación. Sin embargo, estos temas no fueron tratados como fenómenos abstractos. Cada comunidad los interpretó desde su realidad: el estado de una huerta, la presencia o ausencia de determinadas aves, el deterioro de un parque, la contaminación de una fuente hídrica, la pérdida de cobertura vegetal o las dificultades para mantener un jardín comunitario.

Del saber a la acción

Los procesos se desarrollaron bajo las dimensiones de Saber, Hacer y Cuidar.

  • El Saber estuvo relacionado con el reconocimiento de la biodiversidad urbana, los ecosistemas, las especies, el cambio climático, los residuos, los polinizadores, las huertas y las problemáticas socioambientales. Las comunidades fortalecieron conocimientos que les permitieron leer el territorio desde nuevas perspectivas y comprender las relaciones entre la vida cotidiana y la crisis ambiental.
  • El Hacer permitió transformar esos aprendizajes en acciones concretas. Se realizaron recorridos de reconocimiento, cartografías sociales, inventarios, registros de especies, talleres, ejercicios de monitoreo, intervenciones en huertas, recuperación de jardines y construcción de materiales pedagógicos.
  • El Cuidar expresó la corresponsabilidad adquirida por los participantes. Los procesos promovieron acuerdos comunitarios, compromisos para el mantenimiento de los espacios intervenidos, prácticas de conservación y nuevas formas de relacionarse con la biodiversidad urbana.

Como resultado, las comunidades construyeron 77 productos: 21 intervenciones físicas en huertas, jardines, aulas vivas y espacios verdes; 20 bitácoras, fichas, matrices, registros e inventarios; 14 guías, cartillas, manuales y folletos; 11 elementos de señalética, letreros y carnés; siete piezas comunicativas o audiovisuales, y cuatro productos ecológicos o artesanales.

Cada producto representó un proceso de conversación y construcción colectiva. Una señal no era únicamente un objeto instalado en un jardín; era el resultado de haber identificado una especie, comprendido su importancia y decidido comunicarla. Una bitácora no era solamente un formato; era la memoria de las observaciones realizadas por estudiantes y comunidades. Una huerta no era únicamente un espacio cultivado; era una oportunidad para aprender, compartir responsabilidades y fortalecer vínculos.

Educación ambiental para transformar

De manera paralela, durante el semestre se fortalecieron iniciativas de educación ambiental que ampliaron las posibilidades de encuentro entre conocimiento científico, saber comunitario, arte y territorio.

La Red de colegios para la restauración ecológica vinculó instituciones educativas de Ciudad Bolívar alrededor del reconocimiento del ecosistema subxerofítico andino y la restauración del predio Buenos Aires. El proceso permitió que los estudiantes pasaran de observar el territorio a participar activamente en su recuperación.

El Fortalecimiento pedagógico al Real Jardín Botánico de Ciudad Bolívar promovió herramientas para interpretar y actuar frente a los retos ambientales locales. La Manzana de la Conservación Mochuelo integró biodiversidad, bienestar, cuidado y acción comunitaria mediante cartografías sociales, avistamientos, memorias visuales y acuerdos de conservación.

El Observatorio comunitario de biodiversidad e interacciones bióticas en la Reserva Thomas van der Hammen fortaleció la observación, el registro y la sistematización participativa de especies. El diplomado Botánica para no botánicos acercó a sus participantes al mundo de las plantas y contribuyó a disminuir la denominada ceguera vegetal. Por su parte, el Laboratorio Creativo: Arte y Biodiversidad utilizó el agua, la creación artística y la memoria territorial como lenguajes para sensibilizar sobre la crisis ambiental.

Una ruta que no termina con el cierre

La jornada concluyó en el Tropicario entre expresiones artísticas, reconocimientos y encuentros entre participantes. Sin embargo, el cierre no representó el final de los procesos.

En cada huerta permaneció una semilla sembrada. En cada colegio quedó una herramienta pedagógica. En cada comunidad se fortaleció una capacidad para observar, registrar y actuar. En los jardines, señaléticas, cartillas, bitácoras, murales y acuerdos comunitarios quedó instalada la memoria de lo construido durante el semestre.

La Ruta Viva del Territorio demostró que enfrentar la crisis ambiental no es una tarea exclusiva de especialistas o instituciones. Es una responsabilidad compartida que se fortalece cuando el conocimiento científico dialoga con los saberes comunitarios y cuando las personas se reconocen como parte activa de los ecosistemas que habitan.

Desde los estudiantes que identificaron polinizadores hasta los líderes que presentaron sus prácticas ecológicas; desde las cuidadoras que participaron en experiencias de reconexión con la naturaleza hasta quienes utilizaron la Lengua de Señas Colombiana para nombrar plantas y animales, todos aportaron una manera distinta de comprender y cuidar Bogotá.

Ese día, la ciudad no llegó al Jardín únicamente para mostrar resultados. Llegó para reconocerse.

Bogotá se vio reflejada en sus comunidades, en sus aprendizajes, en sus dificultades y en su capacidad para transformar los territorios. Al finalizar la jornada, las personas regresaron a sus barrios con nuevas herramientas, pero también con la certeza de que sus experiencias hacían parte de una historia colectiva.

Una historia en la que la educación ambiental no se limita a transmitir conocimientos, sino que permite sentir, comprender, actuar y cuidar. Una historia que comenzó en los territorios, se encontró en el Jardín Botánico y continuará creciendo en cada comunidad de la ciudad.