Historias del verde urbano: La nueva lideresa y empresaria huertera de Suba
Johana Barrantes no tuvo una crianza en medio de cultivos y nunca sintió curiosidad por sembrar alimentos. Sus pasiones eran la tecnología y liderar supermercados.
Todo cambió durante la pandemia. Aprendió de agricultura urbana y con su familia convirtió varias zonas de su casa en terruños agroecológicos.
Actualmente lidera sus dos huertas familiares y una comunitaria, proyectos que llevan el nombre de Los Helechos.
Segunda entrega de un especial de crónicas del clúster de agricultura urbana, un novedoso proyecto del Jardín Botánico José Celestino Mutis.
En una de las casas enladrilladas de Caminos de la Esperanza III, una urbanización de la localidad de Suba que colinda con el Centro Felicidad (CEFE) Fontanar del Río, el verde brilla con todos sus tonos y genera una sobredosis de naturaleza.
Cientos de hortalizas, frutales y plantas medicinales y aromáticas habitan en el antejardín de esta vivienda de tres pisos, una pequeña huerta casera protegida por una malla de gallinero y donde crecen papayuelos, tomates de árbol y uno que otro arboloco.
Varios envases plásticos con plantas ornamentales en su interior, cuelgan en el techo de la terraza. A lo lejos se puede observar que este sitio cuenta con decenas de cajones de madera llenos de lechugas, acelgas, cilantro, perejil, ruda y lavanda.


Johana Barrantes Cepeda, una bogotana de 44 años, es la creadora de estos oasis de biodiversidad. Todos los días, en la mañana o en la tarde, atiende sus dos huertas familiares con la ayuda de José Antonio, su esposo, y Luciana, su pequeña nieta de siete años.
Hace poco, su espíritu huertero traspasó las fronteras de su morada, donde vive hace 20 años, para sembrar vida en un amplio terreno ubicado al lado de un parqueadero y a pocos metros del río Bogotá.
Con la participación de su esposo, nieta y tres hijos, además de la familia de un vecino de la zona, Johana lideró la consolidación de una huerta comunitaria conformada por más de 30 eras o camas, un terruño donde también crían gallinas para comercializar sus huevos.
Los regalos que salen de estas tres huertas le han permitido mejorar la economía familiar. Los productos libres de químicos los vende los fines de semana en un puesto que monta en uno de los andenes de la vía principal del barrio.
También comercializa varios transformados, como aceite infusionado con hierbas de las huertas y pasta de ajo y cebolla. Es una de las huerteras que le vende a Oda, un restaurante de cocina de autor que hace cócteles y postres con productos agroecológicos.
“Los que no me conocen piensan que me crie en el campo o que llevo muchos años dedicada a la agricultura urbana. Sin embargo, podría decirse que soy medio nueva en esta hermosa actividad que me enamoró durante la pandemia del covid-19”.
Sin contacto con los cultivos
Johana es hija de Suba. En varios barrios de esta localidad del noroccidente de la ciudad pasó su niñez y adolescencia y en El Rincón empezó a consolidar su familia con José Antonio, un amor que dio tres retoños.
Nunca tuvo un contacto directo con el campo. Sus padres y tíos también nacieron y se criaron en la ciudad y por eso no sabían sembrar o trabajar la tierra. Una de sus abuelas, que sí era campesina, conformó su núcleo familiar muy joven en la localidad.
“Por eso digo que por mis venas no corre sangre campesina; ni siquiera conocí el pueblo de mi abuelita. Cuando era niña, jamás sentí curiosidad por las plantas y siempre le tuve un miedo enorme a las arañas, babosas y otros bichos que viven en la tierra”.


Lo que la apasionaba era la tecnología. Por eso, luego de graduarse del colegio, se propuso aprender sistemas. “También me gustaban los negocios. Quería montar uno propio para así ser independiente”.
Todo pudo haber cambiado cuando conoció a José Antonio, un campesino nacido en el municipio caldense de Marulanda que sabía sembrar y arriar vacas. “Pero nunca quise que me enseñara; era muy citadina”.
Hace 20 años, luego de vivir un tiempo en arriendo en una vivienda de El Rincón, Johana y José Antonio cumplieron el sueño de tener casa propia en Caminos de la Esperanza III, una urbanización en pleno desarrollo.
“Fuimos afortunados porque nos entregaron la casa rápido, algo que no le pasó a la mayoría de vecinos. Los primeros años fueron duros porque en el barrio no había ni una panadería y tampoco pasaban buses; pero estábamos felices porque ya teníamos nuestra casita”.
En la casa de tres pisos con terraza vivían los dos esposos, sus tres hijos, la mamá de Johana y varios de sus hermanos. “Como yo trabajaba y estudiaba, mis familiares, en especial mi mami, me ayudaban con los niños; siempre hemos sido una familia muy unida”.
Luego de graduarse como técnica en sistemas, Johana convenció a José Antonio de montar dos supermercados en el barrio, negocios donde pudo aplicar varios de los conocimientos tecnológicos que aprendió durante sus estudios.
“Yo me encargué de instalar el cableado para las cámaras de seguridad y el sistema tecnológico de la caja registradora. Con mucho esfuerzo, sacamos adelante los dos supermercados y nos iba muy bien”.
Huertera en la pandemia
La llegada de las nuevas cadenas de supermercados al barrio, como D1, Ara y Justo y Bueno, los fue dejando sin clientes. Según Johana, no podían competir con los precios bajos de los otros negocios y por eso las ganancias se convirtieron en deudas.
“Nos tocó vender todo y perdimos mucho dinero. Por ejemplo, la persona que nos compró uno de los supermercados nos dio cheques falsos y la justicia nunca llegó. Esto nos obligó a empezar de cero”.
José Antonio se dedicó a trabajar en Uber y Johanna a cuidar niños. Una de ellas era Luciana, su nieta que acaba de nacer. “Alcancé a tener hasta nueve niños en la casa. Poco a poco fuimos reconstruyendo nuestra economía”.


Sin embargo, en marzo de 2020, sus trabajos independientes llegaron a su fin debido a la llegada de la pandemia del covid-19. Las restricciones para controlar la enfermedad acabaron con las carreras en Uber y el cuidado de los niños.
“El confinamiento fue muy duro. Mis tres hijos trabajaban de manera virtual en la casa y no podíamos hacer mucho ruido, algo difícil porque Luciana ya tenía dos años. Por eso, mi esposo, la niña y yo nos la pasábamos en la terraza”.
En esa época, en la terraza solo había una planta de romero y varias jaulas con canarios y otras aves. Un día, como a Luciana le gustaban mucho las fresas, Johana empezó a buscar videos en YouTube para aprender a sembrarlas.
“No tenía nada que hacer y por eso inicié mi investigación virtual. Cogí una fresa, la puse en un frasco, la tapé con tierra y esperé a ver si crecía una planta. Sin embargo, como la puse debajo de las jaulas de los pájaros, creció una de alpiste”.
Johana no se desmotivó y siguió experimentando. “Puse fresas en agua y les puse un vinipel para que no les cayera alpiste. Al poco tiempo empezaron a salir las plantas: la felicidad en el rostro de Luciana al verlas, es algo que atesoro”.
En YouTube, la nueva sembradora encontró más videos donde enseñaban varias técnicas para cultivar lechugas y otras hortalizas en recipientes pequeños. “Poco a poco, la terraza se fue pintando de verde con muchas lechugas, acelgas, fresas y plantas medicinales”.
En 2021, cuando las restricciones de la pandemia bajaron su intensidad, la curiosa huertera se enteró que en la Manzana del Cuidado de Suba – Fontanar del Río, recién inaugurada, estaban dictando cursos de agricultura urbana.
No lo pensó dos veces para inscribirse. Allí conoció a Daniel Parra, profesional del Jardín Botánico de Bogotá (JBB) que se encargaría de brindarles los cinco módulos del curso básico de agricultura urbana a varias mujeres de la zona.
“Además de recibir clases teóricas, el profe Daniel nos llevó a una huerta grande que estaba abandonada para que hiciéramos las prácticas. Allí aprendí demasiado y me regalaron muchas semillas que llevé a la huerta de mi terraza”.
En la Manzana del Cuidado conoció a un joven de la comunidad muisca de Suba, experto en el arte de sembrar, y lo invitó a la huerta de su terraza. “Jonathan me dio muchos consejos y mi esposo me construyó con tablas varias repisas y camas elevadas”.
Los Helechos
Según Johana, el profesional del Jardín Botánico también visitó su huerta casera y le llevó semillas, plántulas e insumos para mejorarla. En esa época, es decir a finales de 2021, Daniel le dijo que debía nombrar su iniciativa agroecológica.
“No había pensado en un nombre. Recordé que a Toño le gustaban mucho los helechos y por eso así quedó registrada. Se convirtió en una huerta familiar donde participan mi esposo, Luciana y mis tres hijos”.
Al frente de la casa había una pequeña zona verde con un alto potencial para convertirse en huerta. Como el espacio en la terraza se estaba quedando corto para seguir sembrando, Johana decidió cultivar en esta área.


“El JBB me ayudó con insumos como tierra y semillas para darle vida a la nueva parte de la huerta Los Helechos, un espacio que encerramos con malla de gallinero para evitar el ingreso de los perros y gatos”.
Las dos zonas de esta huerta familiar reverdecieron con más de 50 especies de hortalizas, frutales y plantas medicinales. Además de las fresas, la fruta favorita de Luciana, las lechugas se convirtieron en el producto insignia.
“En mis constantes investigaciones sobre agricultura urbana conocí que había muchas variedades de lechugas, como crespa, escarola, romana, mizuna y morada. Conseguí plántulas en varios viveros y las sembré en mis huertas”.
Mientras seguía fortaleciendo sus terruños, Johana conoció una de las huertas comunitarias más antiguas e icónicas de Bogotá: Guerreros y Guerreras: un amplio terreno ubicado en Fontanar del Río (Suba) y con más de 20 años de vida.
“Le conté sobre mi proceso a Melva Castrillón, líder de esta huerta, y me dio seis eras para sembrar. Fue un trabajo duro porque todas estaban como un monte, pero las saqué adelante con la ayuda de mi familia”.
Como ya contaba con material vegetal suficiente para vender, Johana les ofreció sus productos agroecológicos a las mujeres que asistían a los talleres y cursos de la Manzana de Cuidado. “Quedaron maravilladas con la gran variedad de lechugas”.
Sin embargo, el salón participativo donde comercializaba sus hortalizas y frutas cerró sus puertas, un panorama que le generó mucha angustia a Johana. La razón: tenía 100 lechugas listas para la venta.
José Antonio, que tiene una buena visión empresarial, le propuso que montara un pequeño puesto los fines de semana en uno de los andenes de la calle principal del barrio, justo al frente de un Ara.
“Estaba insegura, pero Toño me motivó y fui un sábado con una bandeja pequeña llena de algunas lechugas y acelgas. A las nueve de la mañana ya las había vendido todas; eso me motivó a crear el emprendimiento Productos Orgánicos JB, por las iniciales de mi nombre”.
Huerta comunitaria
Todos los sábados y domingos, entre las nueve de la mañana y tres de la tarde, Johana vende sus productos saludables en este sector de la localidad de Suba, un negocio que ha crecido gracias a la ayuda de su familia.
“Toño y Luciana me ayudan con los cuidados de las dos huertas caseras. Mi hija Camila se encargó de abrir perfiles de Los Helechos en dos redes sociales: Instagram y Tiktok, donde promocionamos los productos orgánicos”.
Su sed de nuevos conocimientos no para. Además de seguir aprendiendo de agricultura urbana con expertos, líderes comunitarios y en el ciberespacio, Johana hizo un curso de marketing digital para fortalecer su emprendimiento.


Seis familias de la urbanización Caminos de la Esperanza III montaron huertas caseras en sus antejardines o terrazas gracias a los consejos y asesoría de esta nueva líder huertera y empresaria de Suba.
“El conocimiento es para compartirlo. Yo sueño con ver todo el barrio lleno de huertas, terruños que nos permiten alimentarnos de una forma saludable, mejorar la economía familiar y hacer tejido comunitario”.
En mayo de 2025, José Antonio, que sigue trabajando en Uber, conoció a un señor que tenía un terreno de 400 metros cuadrados ubicado al lado de la huerta comunitaria Guerreros y Guerreras y de un parqueadero; la zona estaba abandonada.
“Toño le propuso a don Benjamín montar una huerta en el enorme predio y le dijo que sí. Pero para esto necesitábamos de muchas más manos: con las de mi familia no daríamos abasto para darle forma a este nuevo proyecto”.
Rodrigo Castillo, otro de los huerteros que tiene varias eras en Guerreros y Guerreras, aceptó participar con su familia. Durante varios meses, más de 10 personas se dedicaron a transformar el terreno con tierra abonada y lo encerraron con polisombra.
“Creamos 30 eras que poco a poco fuimos reverdeciendo con decenas de especies de hortalizas, frutales y plantas aromáticas. También construímos dos amplios corrales para criar gallinas, aves que no se meten en la huerta y corren libres por varios recovecos cerrados”.
Las cosechas son repartidas entre ambas familias. “En esta huerta comunitaria vendemos huevos orgánicos, hacemos abonos con los residuos orgánicos de la cocina y educamos a la comunidad que quiere aprender de agricultura urbana”.
Este proyecto comunitario también lleva el nombre de Los Helechos. “Es decir que en sí lideramos tres huertas: las dos familiares que tengo en la casa y la comunitaria. Sin embargo, sigo sembrando en las seis eras de Guerreros y Guerreras”.
Johana no tiene ninguna intención de abandonar la huerta donde aprendió a sembrar en grandes superficies. “Le debo mucho a doña Melva: ella me abrió las puertas de su huerta y me ha enseñado mucho; siempre estaré agradecida con ella”.
Más proyectos
Esta líder y empresaria huertera no se ha conformado con liderar las tres huertas de Los Helechos y vender sus productos agroecológicos todos los fines de semana en una de las calles más transitadas del barrio.
Johana participa en varios de los proyectos del equipo de agricultura urbana del Jardín Botánico. Por ejemplo, la invitan seguido a los Mercados Campesinos Agroecológicos “Bogotá es mi Huerta’, evento que se realiza el primer fin de semana de cada mes.
“Allá no solo he llevado las lechugas, acelgas, fresas y demás hortalizas, frutas y plantas medicinales de Los Helechos. También presenté mis nuevos productos transformados: aceites infusionados con hierbas y pastas de ajo y cebolla”.


Los transformados nacieron por otra de sus pasiones: la cocina. Según Johana, para una reunión comunitaria le pidieron preparar algo para untar en unas tostadas y ella inmediatamente pensó en un aceite con hierbas en el que estaba experimentando.
“Coseché varias hierbas en las huertas de la casa y luego las fusioné con aceite de oliva en una olla. A las personas que fueron a la reunión les gustó mucho el sabor y por eso decidí que sería parte de mi emprendimiento”.
En una visita al Jardín Botánico, Johana escuchó una charla de un chef que trabajaba en la línea gastrobotánica. “Así nació la idea de hacer pasta de ajo y cebolla. Estos tres productos los vendo en el barrio y a través de las redes sociales”.
Como Guerreros y Guerreras hace parte de las huertas de la ruta agroecológica de la localidad de Suba, una iniciativa del JBB que busca incentivar el turismo en estos espacios llenos de vida, Johana ha tenido la oportunidad de participar en muchos recorridos y talleres.
“Esto me ha permitido conocer muchas personas que quieren aprender de la agricultura urbana. Las visitas de turistas nacionales e internacionales a esta huerta comunitaria liderada por Melva, son maravillosas”.
Clúster de agricultura urbana
A finales de 2024, cuatro profesionales del equipo de agricultura urbana del Jardín Botánico empezaron a trabajar en un novedoso proyecto que tenía como principal objetivo, impulsar la economía huertera.
Se trataba del clúster de agricultura urbana, una estrategia que, según Johanna Aristizábal, ingeniera química de la Universidad Nacional de Colombia, le apunta a que los huerteros puedan comercializar sus productos en algunos restaurantes u hoteles.
El primer paso fue escoger algunas de las 40 especies útiles y promisorias, la mayoría nativas y ancestrales, que fueron estudiadas por la Subdirección Científica del JBB debido a sus propiedades beneficiosas para la nutrición o la medicina.


“También empezamos a trabajar en evaluar el impacto de la agricultura urbana en el contexto local a través de indicadores de sostenibilidad como los ambientales, sociales y económicos en una muestra representativa de huertas”.
Se seleccionaron indicadores como la captura de carbono, resiliencia climática, seguridad y soberanía alimentaria, productividad, eficiencia, economía local, la huella hídrica y de carbono, biodiversidad y visitantes florales.
El proyecto inició con un piloto en Suba y Usaquén. Decenas de huerteros de estos territorios conocieron esta estrategia. Oda, un restaurante de cocina de autor que celebra los sabores colombianos, les iba a comprar varios insumos.
Seis agricultores urbanos aceptaron participar: los líderes de Los Helechos, Uchuva, Jacana, Oasis Urbano Bogotá, Cobá: el hogar de las abejas y Tunta Chavela. En diciembre de 2024, recibieron algunas de las especies priorizadas.
El JBB y el restaurante Oda realizaron varios talleres de cocreación con los huerteros. “Los chefs del restaurante probaron los sabores de las plantas y conocieron sus características y propiedades”, aseguró la ingeniera.
Las seis huertas fueron fortalecidas con la siembra de especies como mostaza roja, guaca, canelón, ruibarbo y otros tesoros ancestrales. Los huerteros fueron capacitados en habilidades financieras y estrategias de ventas para que le dieran un buen valor económico a sus productos.
Luego, el restaurante Oda empezó a comprarles directamente los productos saludables para incluirlos en varios de sus platos y cócteles. Johana, la líder de las tres huertas de Los Helechos, recuerda cómo empezó a gestarse esta nueva oportunidad de negocio.
“Nubia Cifuentes, profesional del JBB que fortalecía a Los Helechos en esa época, fue la que me propuso la idea. Lo que más me llamó la atención fue trabajar en red con los otros huerteros y aprender de sus experiencias”.
Otro de los motivantes fue sembrar especies que no conocía, como el anisillo, la guaca, el ruibarbo, el canelón y el chimchamata. “Aprender es uno de mis mayores objetivos y por eso me llamó mucho la atención el proyecto”.
Aunque Oda les ha comprado algunas de las cosechas, Johana asegura que el clúster del JBB va mucho más allá. “Todos estamos vendiendo las nuevas especies en cada uno de nuestros emprendimientos y nos apoyamos mucho”.
Por ejemplo, cuando un cliente le pregunta por un alimento y no lo tiene en Los Helechos, inmediatamente se comunica con los otros huerteros del clúster. “Así funcionamos los seis: somos una red de apoyo”.
Johana ha intentado vender los tesoros de sus huertas en otros negocios, pero no puede competir con los precios de las plazas de mercado. “Lo que más valoro del clúster es la amistad de mis compañeros; aún hay mucho camino por recorrer para lograr llegar a nuevos mercados”.
“Nos reunimos seguido de manera virtual para apoyarnos en todas las actividades. Es muy bonito ver cómo estamos consolidando una red de seis huertas donde todos nos damos la mano para surgir y mejorar”.







