Historias del verde urbano: El lienzo floral que honra los 70 años del Jardín Botánico de Bogotá
Está ubicado en la colección de plantas ornamentales, mide 76 metros cuadrados y alberga 2.074 plantas de 10 especies.
En este nuevo jardín que tiene la forma del número 70, la Mutisia clematis, especie descubierta por José Celestino Mutis en su Expedición Botánica, es la protagonista.
Un equipo interdisciplinario de 12 ingenieros, operarios, técnicos y arquitectos lideró esta obra floral que conmemora las siete décadas del Jardín Botánico de Bogotá.
Bogotá, 26 de agosto de 2025. Jorge Rodríguez, un ingeniero agrónomo que lleva más de 15 años transformando Bogotá con jardines perfectamente trazados y organizados, fue el primero en llegar a la celebración de los 70 años del bosque más biodiverso de la ciudad.
A las ocho de la mañana del pasado 5 de agosto, este maestro de la jardinería urbana que ha formado a cientos de trabajadores del Jardín Botánico de Bogotá (JBB), empezó a revisar un nuevo lienzo floral ubicado en la colección de plantas ornamentales.
“Este jardín de 76 metros cuadrados conformado por el número 70 y que recrea la Mutisia clematis, especie descubierta por José Celestino Mutis en su Expedición Botánica y que se convirtió en la insignia de la entidad, debía estar impecable”.


Con el apoyo de algunos operarios del equipo de colecciones vivas, Jorge retiró unas cuantas arvenses que crecieron en medio de las 2.074 plantas de 10 especies de esta nueva cobertura vegetal que fue nombrada como el jardín de los 70 años.
“Todo tenía que lucir perfecto porque los directivos, funcionarios y contratistas del JBB iban a conocer este trabajo de jardinería en el que participó un equipo interdisciplinario de ingenieros, operarios, técnicos y arquitectos”.
Cuando las manecillas del reloj marcaron las 8:30 de la mañana, más de 300 personas se organizaron alrededor del nuevo jardín. Los colores de las plantas y el trazado meticuloso del siete y el cero hicieron que sus rostros expresaran sorpresa, orgullo y felicidad.
Luego de varias fotografías y videos tomados desde el aire por un dron, los espectadores rodearon a Jorge para felicitarlo por el jardín que honra el legado que dejó Enrique Pérez Arbeláez, el botánico, sacerdote, científico y escritor que fundó el JBB en 1955.
Con la humildad que lo caracteriza, el ingeniero agrónomo agradeció las palabras de cariño y admiración y los abrazos de sus colegas, pero siempre aclarando que el jardín de los 70 años es el fruto de un trabajo mancomunado.
“Este lienzo floral contó con muchas manos. Cada una de las 12 personas que participamos en su creación, que abarcó cerca de dos meses de trabajo en campo, aportó su experiencia y talento para sacarlo adelante”.
Visión y diseño
A finales marzo, mientras las directivas del Jardín Botánico organizaban las actividades para la conmemoración de los 70 años de la entidad, empezó a gestarse la creación del nuevo jardín de la colección de plantas ornamentales.
Germán Darío Álvarez, subdirector técnico operativo que conoce a la perfección la historia de este bosque urbano que nació en la mente del padre Pérez Arbeláez cuando estudiaba en Alemania, le propuso el reto al equipo de jardinería.
Luego de varias reuniones donde se lanzaron decenas de ideas, Jorge le planteó hacer la caligrafía del número 70 para reproducirla de una forma elaborada y de buena calidad en el terreno.


El primer reto fue el diseño de la jardinera. Al interior del JBB se realizó una convocatoria para crear un logo que contará con un siete, un cero y la forma de la flor de la Mutisia clematis, una planta trepadora conocida comúnmente como bejuco clavellino.
“Fue una construcción conjunta de varias de las líneas de la entidad. Por ejemplo, participaron activamente el equipo de jardinería y los dos coordinadores de arbolado joven, jóvenes con mucho talento y entusiasmo”, recuerda el ingeniero.
El logo seleccionado fue el número 70 con la Mutisia clematis en el interior del cero. Según Jorge, los dos números son figuras con líneas y expresiones bastante distintas: el siete es lineal y el cero, en este caso, quedó en forma de óvalo.
Mario Briceño, arquitecto que se encargaba del diseño de las ventanas de las nuevas construcciones del JBB, tuvo la tarea de pasar el logo cocreado a un plano que luego sería la carta de navegación para el montaje del jardín.
“El arquitecto logró expresiones a partir de sombras muy interesantes. Mario, un artista que ve las cosas de una manera especial, interpretó la idea de hacer un jardín que se fuera dibujando como si tuviéramos una impresora de puntos que formarían círculos”, indicó Jorge.
El cero del nuevo jardín fue la forma más compleja. Por ejemplo, todos los bordes del óvalo son difusos, con formas parecidas a flecos, que solo se pueden apreciar de una manera continua, geométrica y artística desde otra perspectiva.
“Esta fase de diseño duró aproximadamente tres semanas”, recuerda Jorge. “En el computador, logramos plasmar en un plano cartesiano en qué punto iba a estar ubicada cada una de las plantas, es decir un trabajo bastante preciso y meticuloso sin cabida para el error”.
El área de trabajo sería un rectángulo de 170 metros cuadrados de la colección de plantas ornamentales ubicado al lado del corredor de las palmas de cera. De este total, 76 metros cuadrados serían para el jardín con la forma del número 70.
Equipo de lujo
Para pasar el diseño del plano al terreno, Jorge necesitaba de un grupo de ingenieros y operarios expertos en trazados poco convencionales y el arte de plantar. El experto pensó en varios de los alumnos que ha formado en su largo paso por el JBB.
Del equipo de colecciones vivas, escogió a Sonia Amézquita, profesional que lleva varios años en la entidad, y tres operarios pupilos con una larga experiencia en jardinería: Luz Enith Rojas, Óscar Sierra y Enrique Cárdenas.
“Sonia es un elemento fundamental por su capacidad para el tema logístico. Enrique y Oscar, que fueron de mis primeros jardineros, aportarían todo su talento y nos ayudarían con el material para el montaje, como estacas, alambre, varillas y piola”.


Luz Enith, una de las mejores plantadoras de la entidad que tiene un pulso preciso para ubicar cada planta, tendría el apoyo de Stella Mendoza, una sembradora que estuvo en el proyecto de Mujeres que Reverdecen.
Jorge también seleccionó a Delfina Beltrán, técnica que hizo carrera como operaria y tiene la capacidad de transmitirles la información técnica a sus compañeros; y a Astrid Mora y Fernando Gutierrez, jardineros que hicieron parte de su cuadrilla de operarios.
“Astrid participó en varios de los proyectos de jardinería más complejos que lideré en las localidades del centro y por eso cuenta con mucha experiencia. Fernando es muy bueno en el tema de medidas e interpreta a la perfección los detalles del plano cartesiano”.
Como el jardín de los 70 años requería de mediciones diagonales exactas y la creación de cuadrículas casi milimétricas, Jorge pidió el apoyo de dos ingenieras que ha formado y quienes se caracterizan por sus trazados meticulosos: Daniela Manrique y Claudia Aponte.
Daniela trazaría las formas de la jardinera, como los contornos e interiores del siete y el cero, y luego Claudia, que ha liderado proyectos complejos, como las jardineras circulares y ovaladas del Parque Nacional, se encargaría de los detalles con mayor grado de complejidad.
“El cero, que cuenta con figuras como hojas, espacios vacíos y la flor de la Mutisia, era el mayor reto en el trazado. Se lo encomendé a Claudia porque tiene paciencia para hacer figuras circulares, una técnica parecida al arte de bordar”.
Trazado meticuloso
Antes de transformar una zona cubierta por pasto en una jardinera colorida y trazada a la perfección, este equipo interdisciplinario escogió las especies de las 2.074 plantas que le darían vida al jardín de los 70 años.
“Esta selección fue laboriosa. El diseño del jardín requería de especies que plasmaran diferencias claras en altura, volumen, cobertura y color para que se vieran todas las formas y contornos del siete, cero y la Mutisia”, apuntó Jorge.
Luego de varios debates técnicos, el grupo llegó a la conclusión de trabajar con 10 especies: melena de león, azulina, oreja de ratón, begonia, coralito, sedum, cinta mala madre y dos tipos de suelda con suelda.


El 29 de mayo inició el trabajo de campo. Ese día, los ingenieros, la técnica y los operarios empezaron a montar la cuadrícula en el rectángulo de 170 metros cuadrados utilizando estacas, varillas y piolas.
Luego, el terreno fue descapotado para poder hacer el trazado de las siluetas del siete y el cero. Según Delfina, cuando el contorno del número 70 quedó conformado, el césped retirado fue replantado en las demás áreas del rectángulo.
“Como no podíamos perder la coloración del césped, esta actividad la tuvimos que hacer rápidamente. Los cespedones fueron ubicados casi al mismo ritmo que el descapote, un ejercicio detallado que nos hizo ver la importancia de este material”.
Para nivelar el terreno y que las plantas tuvieran un suelo apto para desarrollarse, fue necesario aplicar cerca de ocho metros cúbicos de tierra abonada con compost, material que fue adquirido de la zona de aprovechamiento del JBB.
El equipo de trabajo, liderado por el ojo clínico de Jorge, comenzó trazando las zonas internas del siete, figura que albergaría tres especies. Luego, destinaron varios días en darle forma a los contornos del cero, el área más compleja.
“Fue muy satisfactorio ver cómo las medidas de la cuadrícula y el trazado iban quedando a la perfección”, dijo Daniela. “En este proyecto de jardinería avanzada, el paso del papel a la realidad funcionó por el compromiso y sentido de pertenencia de todo el personal”.
Para que el jardín quedara trazado sin el más mínimo error, el equipo le pidió ayuda a la Oficina de Comunicaciones del JBB para tomar fotografías diarias con el dron. Jorge asegura que esta era la única forma de ver realmente cómo estaba quedando el diseño.
“Desde el nivel del suelo no podíamos ver con claridad si todo estaba alineado. Las fotos del dron nos permitieron corregir algunas fallas mínimas en el trazado; en este tipo de diseño tan especial, una falla milimétrica afecta todo el proyecto”.
Cuando el siete quedó totalmente colorido con las tres especies y el cero ya estaba delineado, Claudia lideró el trazado que tenía el mayor grado de dificultad en el interior de este óvalo, un sitio conformado por varias hojas y la forma de la flor de la Mutisia.
“Aunque contaba con la experiencia de las jardineras circulares y ovaladas del Parque Nacional, este proyecto fue más retador porque los trazos eran más complejos; poner cada punto y estaca y dictar cada medida para plantar, fue un ejercicio técnico totalmente detallado”.
Debido al grado de complejidad y detalle, el trazado de este proyecto icónico duró aproximadamente tres semanas. “Aunque todo el equipo de trabajo tiene mucha experiencia en jardinería, este proyecto fue nuevo para todos”, expresó Jorge.
Explosión de colores
La plantación de las 2.074 plantas en el siete y el cero no fue sencilla. Por ejemplo, las variedades de suelda con suelda (Tradescantia y Tradescantia variegata) tenían algunos problemas de propagación.
“Era un material vegetal más bien joven que no estaba bien enraizado, es decir que no tenía casi raíz. Esto nos obligó a plantar a raíz desnuda porque la tierra no se quedaba pegada a las raíces”, recuerda Jorge.
Astrid, operaria que se caracteriza por tener buena mano para plantar, se encargó de esta actividad. “El trabajo en la colocación de las plantas para terminar el proceso de propagación de las sueldas con suelda, fue de mucho detalle”.


Aunque Jorge reconoce que fue un gran riesgo, el resultado salió victorioso. Según el ingeniero agrónomo, todas las plantas sobrevivieron y se desarrollaron adecuadamente. Otro reto fue con las hojas de la oreja de ratón, plantas que estaban alterando el diseño.
“Nos demoramos como tres días para identificar cuáles eran las plantas que debíamos corregir. A este material vegetal tampoco le teníamos mucha fé, pero con el paso de los días vimos que se desarrolló de una forma maravillosa”.
Para que todas las plantas crecieran y empezaran a florecer, el proyecto contó con el apoyo de Gustavo Ardila, ingeniero que estuvo varios años en el grupo de Manejo Integral de Plagas y Enfermedades (MIPE) y ahora lidera proyectos de investigación.
El experto realizó dos ciclos de fertilización cada semana en la jardinera de los 70 años, uno foliar y otro edáfico con productos biológicos de alta calidad que hicieron florecer las coberturas vegetales.
Luego de casi un mes de plantación, el jardín de los 70 años quedó listo. El 16 de julio, los ingenieros, la técnica y los operarios desmontaron la carpa donde se refugiaron de la lluvia, almorzaron y debatieron sobre los aspectos técnicos.
“Fueron casi dos meses de un arduo trabajo de campo que nos dejó muchos conocimientos, experiencias y vivencias. Lo más valioso fue construir un equipo donde todos tuvimos la oportunidad de dar nuestros aportes”, manifestó Jorge.
Experiencia personal y laboral
Este nuevo jardín de 76 metros cuadrados ya hace parte de la historia del Jardín Botánico. Sus plantas le rinden homenaje a los 70 años de la entidad, a la obra del visionario Enrique Pérez Arbeláez y a la planta insignia de José Celestino Mutis.
Ser parte de este proyecto tuvo un significado muy especial para cada una de las personas que participaron. Para Fernando, operario que trabaja en las jardineras de localidades como Teusaquillo y Los Mártires, fue su mayor reto profesional.
“Desde que vi el plano del jardín, supe que el trabajo iba a ser difícil y retador; hasta alcancé a pensar que no lo íbamos a lograr. Pero todo quedó exacto, perfecto y sin ninguna falla: es como ver el diseño original a mayor escala”.


Esta jardinera se convirtió en el proyecto más complejo y enriquecedor en el que ha participado Astrid en los 13 años que lleva en el JBB. Según la operaria y experta plantadora, el éxito estuvo en escuchar y respetar las opiniones de todos los participantes.
“Me llevo muchos conocimientos que pienso aplicar en mis labores diarias. Aunque fue duro estar casi un mes arrodillada plantando, me gustó mucho el equipo de trabajo porque todos pudimos hacer nuestros aportes y tuvimos una excelente comunicación”.
En los casi dos meses que estuvo metida de cabeza dándole color a la jardinera, todos los días su hija le preguntaba las razones del cansancio físico. “Cuando la terminamos y le mostré las fotos, me dijo que se sentía muy orgullosa de mí; esas palabras me sacaron las lágrimas”.
Cuando fue escogida para el proyecto, Delfina vio al nuevo jardín como un reto laboral más. Pero al finalizar el trabajo y recibir las felicitaciones de sus colegas, dimensionó que sus manos y conocimientos ayudaron a darle forma a una cobertura vegetal icónica.
“Ser parte del jardín que conmemora los 70 años de la entidad donde me he formado y que considero como un hogar, es todo un orgullo. Más allá de cumplir con una labor, logramos darle vida a un sitio que ya hace parte de la historia de la ciudad”.
Daniela solo tiene palabras de agradecimiento para Jorge, a quien llama el gran maestro, por escogerla para ser parte de este proyecto icónico a pesar de ser una de las ingenieras más nuevas del equipo de jardinería.
“Fue una oportunidad que me hizo crecer mucho como profesional y persona. Para mí representó una entrada al mundo de la jardinería donde todos nos formamos más gracias a los conocimientos brindados por Jorge”.
Además, asegura que los buenos resultados del jardín de los 70 años son fruto de un trabajo en equipo y mucho sentido de pertenencia. “Nuestro objetivo era hacer bien las cosas y por eso ninguno se molestó cuando debimos repetir algo porque no estaba quedando perfecto”.
Este jardín le permitió a Claudia adquirir más conocimientos de su maestro en jardinería, perfeccionar su técnica para trazar y trabajar con un equipo interdisciplinario que tuvo voz y voto durante todo el proceso.
“El aprendizaje técnico fue enorme y pude compartir mucho con mis compañeros. Este proyecto ha sido el más retador y especial que he tenido en el grupo de jardinería y todos comprendimos que hacer bien las cosas lleva su tiempo”.
Al finalizar el jardín, muchas emociones afloraron. “Hace cinco años, cuando llegué al JBB, cumplí mi mayor sueño como ingeniera forestal. Pero formarme en jardinería de la mano de Jorge y ser parte de esta cobertura icónica, es un privilegio que valoraré por siempre”.
Jorge, el alma y corazón de este lienzo floral, expresó que, por primera vez en su larga hoja de vida como jardinero, tuvo la oportunidad de disfrutar plenamente del proceso y de las habilidades del equipo de trabajo.
“Me caracterizo por ser una persona afanada que se preocupa mucho por sacar adelante los proyectos. Aunque no dejé de lado el perfeccionismo en lo técnico, esta vez me permití disfrutar de la experiencia y el pensamiento, madurez, gentileza y generosidad de las personas”.
Como todo un honor califica Jorge el haber liderado este jardín, una experiencia que le permitió seguir transmitiendo conocimientos a sus alumnos. “Lo más hermoso es que cada uno siente un gran orgullo por ser parte del proyecto; hacer algo para el JBB siempre será un privilegio”.
Escuela de jardineros
El trabajo realizado en el jardín de los 70 años refleja el verdadero espíritu del grupo de jardinería de la Subdirección Técnica Operativa del JBB: ser la mayor escuela de jardineros de la ciudad.
Los cientos de ingenieros, técnicos y operarios que han pasado por este grupo se han formado a través de las enseñanzas de maestros como Jorge Rodríguez, un profesional que no se cansa de compartir sus conocimientos y habilidades.
Claudia, que venía de liderar plantaciones de árboles como ingeniera forestal, supo aprovechar los consejos de su mentor para convertirse en una gran trazadora de figuras poco convencionales en la jardinería bogotana.


“Cuando entré al grupo de jardinería, heredé la cuadrilla de operarios de Jorge. Para continuar con su legado, me convertí en su alumna y de esta manera aprendí mucho de su técnica. Sus enseñanzas son un tesoro que valoro demasiado y sigo nutriendo”.
Fernado y Astrid, operarios de la cuadrilla de Claudia, también son pupilos de Jorge. “Ellos se ubican perfectamente en los planos y saben dónde va cada planta y estaca. Gracias a nuestro mentor, se volvieron expertos en este ejercicio”, afirma la ingeniera.
Estos jardineros aseguran que la experiencia en el jardín de los 70 años les va a permitir asumir nuevos retos. “Aunque debemos seguir haciendo trazados lineales, estamos ansiosos por participar en proyectos con diseños más retadores”.
Su evolución como operarios le ha facilitado mucho el trabajo en campo a Claudia. “En cada uno de los proyectos de jardinería que tenemos a cargo, Fernando y Astrid aportan mucho para que todo quede perfecto; me siento muy orgullosa por tenerlos en mi equipo”.
Daniela, que los lideró durante varias semanas en el montaje del nuevo lienzo floral, evidenció que ambos dimensionan y ven la importancia de la ubicación de cada una de las plantas que conforman las jardineras.
“Eso se debe a la formación que han tenido. Aunque como ingenieros tenemos la responsabilidad de guiar al equipo, eso no quiere decir que los operarios no puedan hacer sus aportes técnicos”.
Jorge considera que, aunque cada uno de los operarios e ingenieros tiene capacidades y talentos distintos, todos deben formarse constantemente en las diversas actividades que hacen parte de la jardinería urbana.
Por ejemplo, los expertos en plantar también deben saber cómo se hace un trazado y viceversa. Por eso, la ingeniera Laura Posada, que lidera el equipo de jardinería, realiza jornadas constantes para hacer esos intercambios de conocimientos.
“Es muy valioso ver personas con ganas de aprender cada vez más. Van mucho más allá de las responsabilidades rutinarias y quieren formarse para crecer como profesionales. La jardinería es un arte que se nutre a diario”, concluyó Jorge.
* Fotos de dron: Juan David Ramírez, realizador visual del JBB.






