Historias del verde urbano: El Chorro de Quevedo escribe un nuevo capítulo en la historia de su paisaje
Un yarumo plateado, árbol patrimonial que habitó durante más de una década al lado de la Ermita de San Miguel del Príncipe, cumplió su ciclo de vida.
El Jardín Botánico de Bogotá plantó un chicalá amarillo en este sitio de la plazoleta, una especie nativa del centro y sur de América que le inyectará más color a la zona.
La Asociación de Pobladores Candelaria Vida Mía y varios residentes y comerciantes del Chorro de Quevedo, ayudarán a cuidar al nuevo guardián amarillo.
Bogotá, 5 de agosto de 2025. Carmen Jauregui nació a pocos metros del sitio donde, al parecer, empezó la historia de Bogotá como ciudad: una plazoleta con una fuente en el centro y una capilla pintada de un blanco inmaculado.
“Soy hija del Chorro de Quevedo, un ícono donde dicen que Gonzalo Jiménez de Quesada fundó la ciudad de Bogotá el 6 de agosto de 1538. Acá tengo bien clavadas mis raíces y no tengo la intención de alzar vuelo”, dice esta mujer de 47 años.
Antes de la llegada de los españoles, este terruño del barrio La Concordia, en la localidad de La Candelaria, estuvo habitado por los muiscas. Según las crónicas de antaño, fue un lugar de descanso del gobernante Zipa desde donde observaba toda la sabana de Bogotá.


“En los colegios nos enseñaron que la historia del Chorro nació cuando Jiménez de Quesada fundó la ciudad por medio de 12 chozas y una iglesia. Pero antes de eso fue ocupado por un asentamiento de los muiscas”, recuerda Carmen.
Debe su nombre a Francisco Quevedo, padre agustino que instaló la fuente en 1832 para abastecer de agua a las viviendas del sector. Durante esa época, se convirtió en una plazoleta de mercado.
En 1969, como fruto de varias adecuaciones realizadas en el barrio, se construyó la capilla de la Ermita de San Miguel del Príncipe. Es una réplica de la capilla del Humilladero, la primera iglesia de Bogotá que estuvo ubicada en el parque Santander.
“Esta iglesia colonial ayudó a reforzar la historia de la fundación del 6 de agosto de 1538, con 12 chozas y una ermita. Fue así que en 1972 se construyó la maqueta del mito fundacional de Bogotá en el Chorro de Quevedo”, cita una crónica del Archivo de Bogotá.
En los primeros años de su niñez, Carmen jugaba con sus amigos y hermanos en la entonces empedrada plazoleta. Esta madre de dos hijos que se dedica a hacer y vender artesanías, recuerda que el sitio parecía un pueblo.
“En esa época, el Chorro no era tan visitado como ahora y por eso podíamos jugar tranquilos. Las mujeres del barrio organizaban bazares para vender sus platos típicos, como morcilla, tamales y la tradicional chicha”.
También rememora que la emblemática y angosta calle del Embudo, la puerta de entrada al Chorro, estaba conformada por casas coloniales y blancas que eran habitadas por los residentes más antiguos del sitio.
“Ahora está ocupada por más de 20 tiendas, la mayoría bares, cafés y sitios para jugar tejo. Ese cambio de actividad transformó a la calle y al Chorro en uno de los principales sectores de rumba en la ciudad”.
El yarumo plateado
El arbolado también es protagonista del colorido y transitado Chorro de Quevedo, una joya antigua de Bogotá que ha sido renovada en varias ocasiones para mejorar su inmobiliario. Por ejemplo, en una de ellas perdió su piso empedrado.
Especies como yarumo plateado, sietecueros, jazmín del cabo y palma real han sido ubicadas en algunas zonas que rodean la plazoleta, árboles que, según Carmen, fueron plantados por los habitantes de la zona.
“El más alto es un jazmín ubicado en la entrada del callejón de Las Brujas y el más joven es un hermoso sietecueros. Sin embargo, la especie más emblemática del Chorro es el yarumo plateado; creo que se han plantado dos de estos árboles al lado de la capilla”.


Carmen hace memoria para recordar la llegada de los yarumos plateados (Cecropia telenitida), una especie nativa del norte de la cordillera de los Andes que puede alcanzar una altura de 20 metros.
“Cuando tuve a mi primer hijo, hace 27 años, plantaron el primero. Creo que lo hizo Rosalba, una señora de la iglesia, con un amigo. Pero ese árbol no duró mucho y por eso plantaron otro que se volvió icónico”.
En una crónica publicada en el diario El Tiempo, el cronista Ricardo Rondón Chamorro asegura que el yarumo fue fruto de un pacto de caballeros entre el arquitecto José Fernando Céspedes Mejía y el promotor inmobiliario Pedro Franco.
El relato indica que el hijo de Céspedes vivía al lado de la propiedad de Franco y tocaba la batería desde la madrugada. El promotor se comunicó con Céspedes y le propuso darle dos yarumos si el joven dejaba de perturbalo con su música.
Uno de los yarumos, según narra Rondón en la crónica de El Tiempo, fue plantado en el patio de la casa de Céspedes, y el otro al pie de la capilla, sitio donde se convirtió en el ícono verde del Chorro.
Los habitantes de La Concordia y los vendedores formales e informales del Chorro vieron crecer rápido al yarumo. Sus ojos se deleitaron con las hojas plateadas en forma de hélice que le dieron un nuevo color a la plazoleta.
Sin embargo, las dinámicas sociales de la zona empezaron a deteriorar a este guardián arbóreo de 6,5 metros de alto. Varios ciudadanos utilizaron al yarumo como un baño público, un exceso de orín que también cubrió al lugar con un fuerte olor a almizcle.
Para evitar que los comportamientos inadecuados de algunas personas pusieran fin a la vida del individuo arbóreo plateado, durante la pandemia la comunidad y la Alcaldía Local de La Candelaria instalaron cuatro materas en acero alrededor de su hogar.
“Aunque esta medida mitigó un poco la problemática, el orinal continuó. Algo que los residentes de la zona no entendemos es por qué los baños públicos del Chorro, que son gratuitos, casi siempre permanecen cerrados”.
Una revisión de fotografías y escritos antiguos e imágenes aéreas realizada por el grupo de coberturas icónicas del Jardín Botánico de Bogotá (JBB), evidenció que este yarumo plateado pudo ser plantado hace aproximadamente 15 años.
“Esta especie nativa hace parte de la reconfiguración del lugar y sobresale en el contexto arquitectónico. Por ejemplo, las plazas de este tipo de diseño no contaban con presencia de vegetación en su espacio”.
Debido a su importancia histórica, el yarumo del Chorro de Quevedo fue incluido en el listado de los árboles patrimoniales o de interés público de Bogotá, 215 tesoros arbóreos que han sido testigos del crecimiento de la ciudad.
“El yarumo comparte un aspecto de admiración y reconocimiento no solo por sus cualidades intrínsecas, sino por el entorno inmediato que lo conforma, potenciando el rol paisajístico del ejemplar en el lugar”, cita el libro de Árboles Patrimoniales del JBB.
Palideció el yarumo
A mediados de 2024, los ojos claros de Carmen evidenciaron que algo malo le estaba pasando al yarumo. El árbol comenzó a perder sus llamativas hojas plateadas y sus ramas delgadas quedaron totalmente desnudas.
“Verlo así nos causó una gran tristeza a todas las personas que lo hemos visto crecer. Nos comunicamos con la Secretaría Distrital de Ambiente (SDA) para que le hicieran algo y así volviera a dar hojas”.
El 27 de agosto de 2024, una ingeniera forestal de la Subdirección de Silvicultura, Flora y Fauna Silvestre de la SDA visitó al yarumo. Luego de una inspección ocular, emitió un concepto técnico que alborotó la tristeza de la ciudadanía.


“Presenta excesiva ramificación, ramas secas y con peligro de caída, fisuras, grietas y arquitectura pobre. En cuanto al estado sanitario, se evidencia marchitamiento y pudrición localizada en el fuste”.
El concepto de la autoridad ambiental del Distrito concluyó que el árbol era susceptible de volcamiento. “El yarumo se encuentra muerto en pie y por eso se considera técnicamente viable la tala”.
La Asociación de Pobladores Candelaria Vida Mía, la organización Corporochor y varios residentes y comerciantes del sector, se opusieron a la tala, actividad que le fue ordenada al grupo de arbolado adulto del Jardín Botánico.
El 24 de noviembre realizaron una jornada de recuperación del yarumo con actividades como limpieza, desinfección y nutrición, además de ofrendas, pagamentos y un ritual ancestral a cargo de un sacerdote indígena.
Las organizaciones solicitaron la suspensión de la tala argumentando que querían preservar y vitrificar el yarumo para desarrollar una escultura. “Hemos decidido perpetuarlo como una escultura artística, momificándolo con una serie de técnicas”.
En una comunicación escrita y enviada a varias entidades del Distrito, Cesar Barragán y Mariano Velasco, miembros de Corporochor, solicitaron no tumbar el árbol y que les dieran los recursos para el futuro proyecto artístico.
Socialización
Ante las inconformidades de la comunidad por la tala del icónico yarumo, árbol que perdió todas sus hojas, Diana Daza, profesional del equipo social de la Subdirección Técnica Operativa del JBB, empezó a reunirse con todas las partes.
Desde marzo, se llevaron a cabo varios encuentros entre las organizaciones comunitarias y entidades del Distrito para poder llegar a un acuerdo sobre la urgente intervención que requería el árbol patrimonial.
En una de las reuniones, se le informó a Mariano Velasco, de Corporochor, que la propuesta artística para momificar al yarumo, mediante técnicas de encapsulamiento con resina de poliéster, mallas metálicas, cuarzos, piedras y arenas, no era viable.


“Aunque reconocemos el valor simbólico y artístico del proyecto, esta intervención no neutraliza ni elimina el riesgo estructural diagnosticado y a la fecha no hay publicaciones en arboricultura, silvicultura ni ingeniería forestal que respalden la técnica descrita”.
El JBB propuso que luego de la tala, Corporochor podría recibir parte del material vegetal (tronco o sección del fuste) para el desarrollo de su propuesta artística en otro espacio adecuado.
“También se propuso la plantación de un nuevo individuo arbóreo que sea representativo para el lugar de emplazamiento. Un profesional de la línea de arbolado joven evaluaría las condiciones de la zona y propondría la especie”, afirmó Diana.
Diego Bohórquez y Laura García, coordinadores del grupo de arbolado joven, evaluaron el área que ocupa el yarumo y le presentaron una propuesta a la Asociación de Pobladores Candelaria Vida Mía.
Los ingenieros forestales propusieron cuatro especies a plantar en el Chorro: palma de cera, chicalá amarillo, mano de oso y yarumo. Sin embargo, aclararon que esta última es de rápido crecimiento, por lo cual tendría que ser reemplazada a los 15 o 20 años.
En una reunión realizada el 1 de julio en la Alcaldía Local de La Candelaria, el JBB le presentó a la asociación varios diseños de cómo quedaría el Chorro con las cuatro especies arbóreas que fueron priorizadas.
“El 21 de julio nos volvimos a reunir. La Asociación de Residentes Candelaria Viva informó que escogieron al chicalá amarillo y aceptó realizar la tala del yarumo el 24 de julio en horas de la mañana y con la participación de la comunidad”, informó Daza.
El nuevo guardián amarillo
A las 7 de la mañana del jueves 24 de julio, la ingeniera Blanca Jiménez y cinco operarios del Jardín Botánico llegaron a la plazoleta del Chorro de Quevedo para realizar la tala del emblemático yarumo plateado.
Luego de acordonar la zona y retirar las materas de acero que protegían al árbol de los impactos antrópicos, uno de los operarios de la cuadrilla utilizó una escalera para retirar varias de las ramas secas.
El sonido de la motosierra hizo que los rostros de Carmen Jauregui, residente de La Concordia que ha sido testigo de la vida del yarumo, y Carlos Avella, secretario de la Asociación de Residentes Candelaria Viva, se llenaran de tristeza.


“Es muy doloroso ver que este hermoso árbol ya no nos va a acompañar. También me da rabia porque su repentino deterioro fue causado por los orines que le echaron las personas que no sienten amor por la naturaleza”, expresó Carmen.
Con una cuerda gruesa de color naranja, los operarios rodearon el delgado tronco del yarumo y la jalaron durante no más de dos minutos. El cuerpo longevo y sin vida del yarumo cayó con fuerza y todas sus ramas secas se rompieron.
“Fue evidente que el árbol estaba muerto. Los expertos le mostraron a la comunidad que las ramas y el tronco estaban huecos y con pudrición; el olor a orín se alborotó con el retiro de nuestro hermoso yarumo”, precisó la profesional social.
Como Corporochor no asistió a la tala, los restos del yarumo fueron recogidos por la UAESP. Blanca y sus operarios destinaron más de una hora para retirar parte de las raíces, las cuales estaban bien profundas.
Al ver a la plazoleta sin su icónico yarumo, Carmen no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas. “Aunque hoy perdimos al guardián arbóreo del Chorro de Quevedo, seguiremos viendo a este árbol plateado en las miles de fotos y cuadros que le pintaron”.
El costado de la Ermita de San Miguel del Príncipe permaneció sin árbol durante tres días. El lunes 28 de julio a las 11 de la mañana, Brenda Pava, ingeniera del grupo de arbolado joven del JBB, llevó al nuevo guardián arbóreo.
Se trataba de un chicalá amarillo (Tecoma stans) de mediano porte, una especie nativa del centro y sur de América que puede superar los 10 metros del altura y seis metros de diámetro en su copa.
Varios habitantes, comerciantes, huerteros, líderes ambientales y artistas de La Candelaria, se dieron cita en la plazoleta para ser testigos del nuevo capítulo en la historia del paisaje del Chorro de Quevedo.
“Escogimos este árbol porque da unas hermosas flores amarillas durante varias épocas del año, algo parecido a lo que cuenta Gabriel García Márquez en Cien años de soledad. Soñamos con ver la plazoleta cubierta de amarillo”, contó Carmen.
Mientras dos operarios preparaban el terreno para plantar el chicalá, Diana Daza le contó a la comunidad que esta especie de porte medio no va a superar la altura de la Ermita de San Miguel del Príncipe y preservará la armonía arquitectónica.
“Sus flores amarillas, que caen periódicamente, crean un contraste colorimétrico vibrante con el entorno de la plaza, reforzando su rol como punto focal. La caída de flores genera un efecto decorativo natural en el suelo, atrayendo la atención de los peatones y dinamizando el paisaje”.
La floración del chicalá amarillo es permanente y tiene una mayor intensidad entre junio y septiembre. Además de embellecer el paisaje, sus flores cumplen servicios ecosistémicos como brindarles alimento a los polinizadores.
Carmen, los miembros de la Asociación de Residentes Candelaria Viva y varios residentes y vendedores de la zona, se comprometieron con ayudar a cuidar al nuevo guardián amarillo del Chorro.
“Pero eso no depende solo de nosotros. No queremos que se repita la historia del yarumo y por eso les pedimos a las personas que vienen a la plazoleta que no lo utilicen como baño; para que crezca hermoso, necesita del buen comportamiento de todos”.






