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Tejiendo territorios

Niñas y niños del barrio La Azucena analizan las propiedades del suelo y diseñan espacios verdes comunitarios junto al Jardín Botánico de Bogotá

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Tejiendo territorios barrio La Azucena

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Niñas y niños del barrio La Azucena analizan las propiedades del suelo y diseñan espacios verdes comunitarios junto al Jardín Botánico de Bogotá

Hay esquinas en Bogotá donde el gris del cemento pareciera haber ganado todas las batallas. Calles transitadas por vehículos de carga pesada, andenes estrechos y pequeños parches de tierra olvidados donde el ruido de la ciudad suele tapar cualquier intento de brote verde. En la localidad de Bosa, el barrio La Azucena es una de esas zonas vibrantes y luchadoras de la localidad séptima, donde el ritmo cotidiano no siempre da tregua para detenerse a contemplar lo que pisamos.

Sin embargo, en el fondo del paisaje urbano, el suelo guarda memorias y aguarda oportunidades. Desde el Jardín Botánico de Bogotá, en el marco de la estrategia Tejiendo el Territorio, llegamos a la zona para construir una propuesta participativa orientada a comprender, cuidar y recuperar las áreas verdes barriales junto a quienes caminan diariamente por sus calles. El punto de encuentro fue la Fundación Talleres Creativos, un espacio de luz en medio de la rutina donde niñas y niños se convirtieron en los grandes protagonistas de esta travesía ambiental.

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Trazar el barrio desde la mirada infantil

Nuestra aventura comenzó a mediados de año. Era una tarde de julio cuando nos reunimos por primera vez en la sede de la fundación con ocho niñas y niños dispuestos a redescubrir su entorno. La consigna era sencilla en apariencia, pero profunda en el fondo: mapear el territorio tal como lo viven ellos.

Sobre un pliego de papel y armados con marcadores de colores, los pequeños cartógrafos empezaron a trazar las coordenadas de su cotidianidad. Aparecieron las calles principales, los comercios, el CAI de la policía, un colegio y la sede de la fundación. Pero la cartografía social no se limita a las edificaciones; busca plasmar las dinámicas humanas y las problemáticas socioambientales que afectan al vecindario.

A través de convenciones y símbolos acordados, el mapa se fue poblando de realidades: ondas de sonido para representar la contaminación auditiva, cruces rojas donde la vegetación había sido arrasada y pequeños dibujos que señalaban la acumulación inadecuada de residuos sólidos. Reconocieron también a sus vecinos y actores clave: la Alcaldía Local, los adultos mayores del sector y los ciclistas de “Curvas en Bici”. Aquella tarde nos quedó claro que la infancia del barrio La Azucena no es ajena al deterioro del entorno: lo observa, lo padece y, sobre todo, tiene un deseo genuino de transformarlo.

De la reflexión al laboratorio de suelo

Agosto inició con ganas de pasar de la lectura territorial a la acción. Para nuestra primera sesión formal de implementación, catorce niños llenaron la sala con una energía contagiosa. Queríamos investigar qué sabían sobre el suelo y, al mismo tiempo, comprobar sus propiedades mediante experimentos pedagógicos.

Rompimos el hielo jugando al tradicional “Tingo, tingo, tango”. El niño que quedaba con el testigo compartía su visión del suelo y el resto del grupo complementaba la idea. Descubrimos que, aunque al principio asociaban el suelo con simple tierra o arena, reconocían bien a sus habitantes: hormigas, lombrices, topos, babosas y los populares marranitos. También recordaban con orgullo haber participado en la creación de un minijardín protegido con botellas recicladas.

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Luego llegó uno de los momentos más esperados: el trabajo práctico. Con muestras de suelo del sector, realizamos algunas pruebas sencillas para explorar sus características y reconocer aspectos que pueden influir en el crecimiento de las coberturas vegetales:

  • Textura: mediante la prueba de la bolita, que consiste en humedecer y moldear la tierra entre las palmas, hicimos una estimación cualitativa de la textura, teniendo en cuenta la proporción de arena, limo y arcilla.
  • pH: exploramos las propiedades del suelo mediante una actividad con vinagre y bicarbonato. Esta experiencia permitió observar una reacción química, aunque no fue suficiente para determinar con precisión el pH de las muestras.
  • Materia orgánica: utilizamos agua oxigenada para observar la formación de burbujas en las muestras. Este resultado no permite determinar por sí solo la cantidad de materia orgánica ni el nivel de nutrientes del suelo, pero abrió la conversación sobre la importancia de evaluar sus condiciones e incorporar prácticas de cuidado, como el uso adecuado del compost.

Diseñar jardines y esculpir la vida microscópica

Durante las siguientes semanas de agosto, el trabajo se intensificó en dos frentes complementarios: el diseño del espacio y el reconocimiento de la biodiversidad urbana que habita bajo nuestros pies.

El ocho de agosto salimos a medir directamente la franja verde frente a la Fundación Talleres Creativos. Con regla y libreta en mano, los niños tomaron medidas, registraron la vegetación existente y elaboraron planos en parejas. Soñaron con una combinación de color y resistencia para recuperar este espacio con potencial ambiental. En sus diseños participativos seleccionaron especies ornamentales y rústicas capaces de adaptarse a las condiciones urbanas y al cambio climático: margaritas, capas de rey, claveles chinos, venturosas y vibrantes agapantos.

Más adelante, el 19 de agosto, nos sumergimos en el universo de los organismos descomponedores. Explicamos cómo las bacterias, los insectos y los hongos realizan el trabajo silencioso de reciclar las hojas secas y transformarlas en materia orgánica viva. Hablamos de hongos fascinantes como la Amanita muscaria o la Auricularia auricula-judae (Oreja de Judas) y entendimos su función ecológica en la naturaleza. Para afianzar lo aprendido, los 14 participantes moldearon en arcilla sus propios descomponedores: crearon lombrices, escarabajos y variadas setas, conectando el arte manual con los ciclos biogeoquímicos.

Un suelo vivo para un futuro resiliente

En el barrio La Azucena, de la localidad de Bosa, dejamos sembrada una capacidad comunitaria real. Los niños de la Fundación Talleres Creativos ya no ven el suelo como la superficie inerte que pisan para ir al colegio; hoy lo reconocen como un ecosistema vivo, frágil y generoso que requiere protección, abono orgánico y plantas que lo protejan de la erosión.

Aún quedan sesiones de trabajo por delante. Sin embargo, el paso más importante ya se dio: lograr que la comunidad entienda que la salud de su entorno verde está íntimamente ligada a su propia calidad de vida. Y ver esa chispa de compromiso reflejada en los ojos y en las manos untadas de tierra de nuestras niñas y niños es la mayor recompensa institucional y comunitaria que podemos cosechar.

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