Historias del verde urbano: “Las raíces permanecen en la memoria”: un ritual de despedida a uno de los gigantes verdes de Chapinero
La araucaria del Parque Museo El Chicó, un árbol patrimonial de 20 metros de altura, cumplió su ciclo de vida y será talada para evitar una tragedia.
El equipo social de la Subdirección Técnica Operativa del Jardín Botánico de Bogotá realizó un ritual de despedida para homenajear la vida de esta especie australiana.
Trabajadores del museo compartieron recuerdos de este gigante verde, le escribieron mensajes de gratitud y lo abrazaron como símbolo de cariño por su larga presencia.
Bogotá, agosto de 2026. El arte, el verde de la biodiversidad urbana y el agua cristalina se fusionan en un predio de 2,3 hectáreas de la carrera Séptima con calle 93, uno de los sectores residenciales y más exclusivos de la localidad de Chapinero.
Se trata del Parque Museo El Chicó, un ícono formalizado en 1953 y declarado como bien de interés cultural distrital en 1992 que nació por iniciativa de Mercedes Sierra de Pérez, una distinguida dama de la sociedad bogotana del siglo XX conocida como la Tía Meme.
Esta joya cachaca donde se ubica la sede de la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá, la entidad cívica más antigua del país, alberga en su corazón una casona colonial donde se exhiben cientos de antigüedades, muebles y piezas religiosas de su fundadora.


“La casona, de arquitectura sabanera, alberga piezas que doña Mercedes reunió a lo largo de su vida. Su diseño interior, con pequeños ambientes interconectados, permite experimentar una transición gradual entre el exterior y el interior”, revela el museo en su página web.
La antigua edificación de dos pisos también cuenta con un archivo fotográfico de 2.200 imágenes captadas por José Vicente Ortega Ricaurte, un historiador, escritor y cronista colombiano que se especializó en la vida bogotana durante la primera mitad del siglo XX.
Cientos de árboles longevos, jardines con trazados europeos, juegos infantiles y varios canales por donde fluye un agua diáfana, habitan en las zonas verdes que rodean la casa museo, sitios visitados por los ciudadanos para hacer picnics o participar en diversos eventos culturales.
“El Parque Museo El Chicó se convierte en un espacio encantador para el descanso en la capital y un lugar ideal para eventos. Las salas de la casa son sede frecuente para la exhibición de muestras temporales de arte de artistas nóveles o connotados”.
La historia de este tesoro artístico y ambiental se remonta a 1620, cuando Juan de Olamos recibió las tierras del sector, conocido como la hacienda El Chicó, mediante una merced de tierra.
Según ‘Árboles patrimoniales de Bogotá: testigos del pasado, protagonistas del presente’, un libro del Jardín Botánico de Bogotá (JBB), varias transacciones confirman que los dos lotes que conformaron la hacienda cambiaron de dueños a lo largo de la historia.
“En 1911 José María Sierra compró el lote de la familia Sáiz y a los herederos de Amelia Hernández de Manrique. Él murió en 1921 y tuvieron que pasar 10 años para que sus hijas, Mercedes y Clara Sierra, pudieran heredar la hacienda y la dividieron en dos lotes”.
Mercedes Sierra de Pérez indicó cómo dividir su parte del predio. “Una donde se erigió el Seminario Mayor de Bogotá y la casa; y la otra fue donada a la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá”, revela la investigación del JBB.
A mediados de 1940, la empresa Ospinas y Cía (del presidente Mariano Ospina Pérez y sus hermanos) ya había explorado convertir los terrenos de Mercedes para urbanizarlos con los proyectos El Chicó Norte y Chicó Reservado.
“En 1954 la señora Mercedes abre el parque al público y es quien se encarga de su respectiva gestión y cuidado, realizando actividades como la plantación de árboles. Hoy en día, el parque museo es un punto de conexión natural importante y referente urbano para la ciudad”.
El fin de un ciclo
El libro del Jardín Botánico informa que, bajo la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá, se concibe el Parque Museo El Chicó y dentro de sus instalaciones se realiza un inventario detallado de la flora que hace parte del lugar.
“Este lugar mantuvo a través del tiempo la cobertura vegetal de la antigua hacienda e implementó especies tanto nativas como foráneas en los espacios aledaños a la casona y otros sectores con elementos arquitectónicos, mobiliario y el sistema hidráulico en sus jardines”.
Ocho palmas fénix (Phoenix canariensis), un ciprés (Cupressus lusitánica) y una araucaria (Araucaria excelsa), fueron exaltadas por la Secretaría Distrital de Ambiente como árboles patrimoniales y de interés público en 2020 por ser los más longevos del predio.


La edad de estos abuelos verdes puede superar las siete décadas de vida, es decir que posiblemente fueron plantados por Mercedes Sierra de Pérez a mediados de 1950. “Están referenciados en un plano de 1969 elaborado por la Secretaría de Obras Públicas del Distrito”.
En los últimos años, la Araucaria excelsa, una especie nativa de la isla de Norfolk, en el océano pacífico de Australia, y que fue introducida en Bogotá hacia 1931 durante la construcción del Parque Nacional, empezó a dar muestras de un avanzado deterioro.
En mayo de 2026, un profesional de la Secretaría de Ambiente revisó el árbol longevo de 20 metros de altura y evidenció que estaba seco en pie. “Presenta altura excesiva para el lugar de siembra, con ramas secas, pudrición localizada en el fuste y deficiente estado físico y sanitario”.
El dictámen de la autoridad ambiental de la ciudad fue que la araucaria contaba con un alto peligro de volcamiento. “Las condiciones descritas generan vulnerabilidad para los usuarios. La tala resulta necesaria para mitigar el riesgo asociado”.
El concepto técnico, elaborado en junio, ordenó la tala por emergencia del individuo arbóreo a la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá, intervención que deberá ejecutarse bajo los lineamientos del Manual de Silvicultura Urbana de la ciudad.
Despedida a un gigante verde
La noticia les llenó el corazón de tristeza a las directivas y trabajadores del Parque Museo El Chicó. No les fue fácil asimilar el fin del ciclo de vida de esta especie que se caracteriza por la forma de sus hojas y la configuración de su copa.
Se comunicaron con Richard Quitián, ingeniero forestal del equipo de coberturas vegetales icónicas del Jardín Botánico, para organizar un evento conjunto que les permitiera despedirse de la imponente araucaria.
“La pérdida de uno de los más de 200 árboles patrimoniales que hay en Bogotá siempre será motivo de tristeza. Estos gigantes verdes han sido testigos de la historia de la ciudad y en medio de ellos se han tejido muchas historias”.


Richard se contactó con Yenny Rosas, coordinadora del equipo social de la Subdirección Técnica Operativa del JBB, para que organizara y liderara el ritual de despedida de este individuo arbóreo patrimonial.
“Con varios de los profesionales de mi equipo organizamos un evento con actividades pedagógicas y de educación ambiental para que los trabajadores del parque museo pudieran despedirse de este gigante verde”.
El evento, llamado “Las raíces permanecen en la memoria”, fue realizado el pasado martes 11 de agosto en horas de la mañana. Más de 10 empleados de este bien de interés cultural de la ciudad participaron en la despedida de la araucaria.
Yenny inició la actividad con una introducción donde contó que este árbol patrimonial representa mucho más que un individuo vegetal: es un testigo de la historia y referente de la memoria colectiva.
“Durante décadas ha acompañado la transformación de la ciudad y alberga biodiversidad, genera bienestar ambiental y construye vínculos emocionales con quienes lo visitan. Antes de su tala vamos a reconocer su valor simbólico y afectivo a través de este ritual de despedida”.
Aunque el árbol concluye su ciclo, la licenciada en biología expresó que su legado permanece vivo en la historia del territorio, “en las especies que albergó, en las personas que disfrutaron de su sombra y en el compromiso de las nuevas generaciones con las coberturas vegetales”.
El profesional social Víctor Ardila y el ingeniero Richard Quitián expresaron que su despedida no representa un final, sino la oportunidad de transformar el agradecimiento en acciones concretas para proteger el patrimonio natural de Bogotá.
Durante 15 minutos, los trabajadores del Parque Museo El Chicó respondieron preguntas como cuál es su recuerdo más significativo con este árbol y qué les representó; además, mencionaron varias palabras de agradecimiento.
“Luego realizamos un acto simbólico para esta hermosa araucaria. En hojas de papel, los ciudadanos escribieron palabras como vida, memoria, refugio, esperanza y biodiversidad, las cuales ubicamos alrededor del árbol formando un círculo de gratitud”.
También escribieron mensajes como “eres color, vida, gratitud y conexión; ahora tu energía vuelve a la tierra”; “gracias por el valor que tuviste y todo lo que nos aportaste”; y “dejaste la enseñanza que lo más lindo de la vida muchas veces está en los detalles de la naturaleza”.
Luego de un minuto de silencio que solo estuvo acompañado por los sonidos de la naturaleza y varios abrazos llenos de nostalgia, los participantes firmaron un compromiso simbólico ciudadano con el cuidado del arbolado urbano de Bogotá.
“Los árboles no desaparecen cuando dejan de estar en pie. Permanecen en quienes aprendieron bajo su sombra, en las aves que encontraron refugio, en la tierra que ayudaron a sostener y en las manos que hoy prometen cuidar los árboles del mañana”, concluyó Yenny.






