Historias del verde urbano: El nuevo proyecto de restauración donde crece una de las joyas botánicas que descubrió el sabio Mutis
El Jardín Botánico de Bogotá inició la restauración ecológica en un predio de 5,96 hectáreas de la vereda Curubital.
Esta zona rural de Usme recuperará su bosque altoandino a través de núcleos y franjas de restauración que albergarán especies nativas priserales, mesoserales y tardicerales.
La Mutisia clematis, uno de los descubrimientos de José Celestino Mutis en la Real Expedición Botánica, habita en este terreno ubicado en la ronda del río Curubital.
Bogotá, mayo de 2026. Curubital, una vereda de 3.038 hectáreas que limita con Sumapaz, el páramo más grande del planeta, es una de las grandes joyas hídricas y biodiversas de la localidad de Usme.
En sus dominios más montañosos habitan Bocagrande, Seca y Pantano Grande, tres lagunas de aguas diáfanas rodeadas por frailejones y otros tesoros paramunos donde los muiscas veneraron a sus deidades.
En lo más alto de la vereda, un pico ubicado a los 3.676 metros sobre el nivel del mar, nace el principal afluente de la zona: el río Curubital, una serpiente caudalosa y rocosa que mide 11.967 metros de largo.


Durante su largo recorrido en forma de zigzag por las montañas de la ruralidad de Usme, este titán hídrico se nutre con las aguas de quebradas como La Aguadita, San Pedro, Mate Guache, Jaulas, Piedra Gorda y El Tinajo.
En su última parada, a una altura de 2.991 metros, el Curubital desemboca su líquido vital en La Regadera, un embalse construido durante la década de 1930 y que surte de agua a los habitantes rurales de Usme.
En La Regadera confluyen tres ríos que se convierten en el río Tunjuelo. “El Chizacá, que nace en el cerro de los Tunjos; el Mugroso (lagunas de La Garza y Los Amarillos); y el Curubital (cuchilla de La Calavera)”, informa el libro ‘El río Tunjuelo en la historia de Bogotá’.
El agua no es la única protagonista en Curubital, una de las 14 veredas de la localidad de Usme. Una paleta de diferentes tonos de verde cubre la mayoría de su relieve montañoso con la flora de ecosistemas de páramo, subpáramo y bosque altoandino.
Los colores de los cultivos de papa, arveja y nabos, al igual que los de las especies arbóreas foráneas que fueron introducidas durante el siglo XX, como los eucaliptos y cipreses, también están presentes.
Según Paramunos, plataforma que comparte contenidos sobre estos ecosistemas, la microcuenca del Curubital ha transformado su paisaje desde el siglo XVIII a través del sistema económico de hacienda, el movimiento poblacional y la producción de papa, leche y carne.
“Los campesinos que llegaban de otros lados huyendo de la violencia, pagaban la renta al hacendado aceptando una obligación en trabajo. La hacienda El Hato fue la principal estancia de este sector, donde se producía papa para la capital del país”.
El portal revela que, hacia 1964, se construyeron la escuela, la carretera y el puente, y se creó la Junta de Acción Comunal. “A partir de 2005, la vereda Curubital cuenta con el servicio de acueducto a través de la asociación Asocristalina”.
Hoy en día, esta vereda donde nace el agua que sale del grifo de los hogares de la Usme rural, es conocida por la producción de trucha, los derivados lácteos, los cultivos de papa y las curubas que se enredan en los árboles, una fruta que le hace homenaje a su nombre de pila.
Un nuevo bosque nativo
Este año, un predio de 5,96 hectáreas de la vereda Curubital que fue adquirido por la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (EAAB) durante la década de 1960, va a recuperar lo que la mano del hombre le arrebató: su bosque altoandino.
El Jardín Botánico de Bogotá (JBB) dará marcha a un nuevo proyecto de restauración ecológica en esta zona de la ronda hídrica del río Curubital, una tajada de la montaña que se vio bastante impactada por el pisoteo del ganado.
“La EAAB, con quien tenemos un convenio, nos autorizó intervenir este predio para consolidar una nueva cobertura vegetal con más de 30 especies nativas”, informó Paola Valencia, coordinadora del equipo de restauración ecológica de la Subdirección Técnica Operativa.


En las primeras visitas al terreno montañoso, una zona bañada por la niebla que baja del páramo, los profesionales Alejandro Ángulo, Johana Rueda y Luisa Morales evidenciaron que la restauración sería un nuevo reto profesional.
Una amplia zona del predio, la más cercana al paso del río Curubital, está cubierta por cientos de cipreses, árboles que no hacen parte de la biodiversidad colombiana y evitaron que se desarrollarán las especies nativas del bosque altoandino.
“El ciprés es el principal tensionante en este proyecto de restauración. Por fortuna, muchos de estos árboles ya cumplieron su ciclo de vida y dejaron bastantes claros, sitios donde podemos hacer restauración ecológica”, dijo el biólogo Alejandro Ángulo.
Curubital, como fue nombrado el proyecto, será restaurado a través de varios núcleos en forma de círculos que albergarán diferentes especies nativas del bosque altoandino, tanto priserales, mesoserales y tardicerales.
“En los extremos de los núcleos de restauración irán las priserales, especies que son de rápido crecimiento. En el medio plantaremos las mesoserales y en el interior una tardiceral, árboles que se demoran mucho en crecer”, indicó el profesional.
Según la coordinadora del grupo de restauración ecológica, estos núcleos son una representación del crecimiento de un bosque en su hábitat natural. “Los árboles priserales y mesoserales se encargarán de proteger al tardiceral”.
En los alrededores de la quebrada La Regadera, que también fluye por el predio y luego desemboca en el río Curubital, el Jardín Botánico desarrollará una estrategia en franjas para conectar los relictos del bosque ripario.
“En total vamos a montar 18 núcleos de restauración, tanto en la zona de los antiguos cipreses como en los parches que dejó la actividad pecuaria; y dos franjas de bosque ripario en las inmediaciones de la quebrada”, precisó Alejandro.
Inicia la restauración
En abril, luego de realizar el diagnóstico, el JBB inició la fase de campo en Curubital, un proyecto de restauración liderado por Alejandro Ángulo, Johana Rueda y Luisa Morales y en el que participan la profesional biótica Ángela Zabaleta y 28 operarios.
Durante todo el mes realizaron varias actividades para controlar el mayor tensionante: los cipreses longevos que habitan en la ronda del río de aguas cristalinas. Según Alejandro, el primer paso fue retirar los rebrotes.
“Retiramos los cipreses jóvenes de la zona y también varios troncos y ramas de los árboles adultos muertos. Utilizamos toda la madera para hacer las estacas del trazado de los núcleos y un campamento donde guardamos las herramientas y nos refugiamos de la lluvia”.


Este proceso arrojó como resultado varios claros en medio de los cipreses longevos, sitios con buena luz que contarán con núcleos de restauración. “Allí evidenciamos la presencia de varias especies nativas del bosque altoandino que aparecieron por regeneración natural”.
La adecuación del terreno y los trazados de los 18 núcleos y las franjas riparias, también se llevaron a cabo en abril, un mes que se caracterizó por una alta pluviosidad. “Además, hicimos varias pruebas y análisis para ver si el suelo era de buena calidad; el resultado fue positivo”.
La primera semana de mayo, el predio empezó a reverdecer con la plantación de los primeros 841 árboles nativos en los núcleos montados en las zonas afectadas por el ganado y algunas franjas riparias de la quebrada La Regadera.
“Cuando terminemos de plantar en los antiguos sectores agropecuarios, nos vamos a concentrar en los núcleos de la zona de los cipreses, que es la más retadora y extensa; Curubital es un proyecto que durará todo el año”, explicó el biólogo.
Por el momento, los expertos del equipo de restauración ecológica van a trabajar con un listado de aproximadamente 30 especies nativas del bosque altoandino. “Vamos a investigar cómo se comportan y poco a poco traeremos otras especies”, apuntó Ángela Zabaleta.
La lista incluye especies priserales como tabaquillo, pegamosco, blanquillo, amargoso, chilco de páramo, tinto, yuco y cervetano; y mesoserales como borrachero rojo, mortiño, uva camarona, cucharo de páramo, uña de gato, té de Bogotá, raque, salvio negro, garrocho, tuno y corono.
“Hasta ahora tenemos proyectado trabajar con tres especies tardiserales: arrayán blanco, rodamonte y encenillo, árboles de crecimiento lento que serán protegidos por los priserales y mesoserales”, dijo Alejandro.
Felipe Calderón, pedagogo del equipo social de la Subdirección Técnica Operativa, también participa en este nuevo proyecto de restauración. Su tarea consiste en sensibilizar a los campesinos de la zona sobre la importancia de conservar el futuro bosque nativo.
“Estoy adelantando un mapeo de actores en la zona. Además de contarles sobre el proyecto de Curubital, los vamos a invitar a futuras jornadas de plantación para que así conozcan la dimensión de la restauración; los niños de la escuela serán protagonistas”.
Hallazgo icónico
A mediados de abril, mientras se adelantaban las actividades de adecuación del terreno y control de tensionantes en Curubital, Alejandro y Johana quedaron perplejos al observar varias flores de color rojo intenso en forma de péndulo en dos colglomerados arbóreos del predio.
Se trataba de la Mutisia clematis, una hierba trepadora endémica de los Andes de Colombia descubierta por el sabio José Celestino Mutis durante los años de la Real Expedición Botánica y que es la planta simbólica del Jardín Botánico.
“Solo habíamos visto a la Mutisia, llamada comunmente como clavellino o bejuco, en la pérgola del JBB o en los libros de botánica. Nos sorprendimos más al ver que una de las flores estaba siendo polinizada por un colibrí”.


Los profesionales lograron grabar un video de la polinización y tomaron varias fotografías de las flores presentes en los dos montículos arbóreos del predio. Le enviaron todo el material visual a su coordinadora.
Paola Valencia quedó aún más sorprendida. “En los cerca de 10 proyectos de restauración que tenemos en las zonas rurales de Usme, Ciudad Bolívar, San Cristóbal, Suba y Santa Fe, nunca hemos registrado a la Mutisia. Este hallazgo es un hito para nosotros”.
Germán Darío Álvarez, subdirector técnico operativo del JBB, también quedó asombrado con las imágenes de esta enredadera de la familia de las asteráceas que fue pintada por el equipo de Salvador Rizo, bajo la dirección de Mutis, durante la Expedición Botánica.
“Verla crecer en su hábitat natural, una zona de transición entre el páramo, subpáramo y el bosque altoandino, es un regalo que pocos hemos tenido la fortuna de observar; además, es el indicador para dar marcha a una investigación”.
Kevin Alejandro López, ingeniero agrónomo del JBB que este año lidera una investigación relacionada con el desarrollo de estrategias de propagación para la Mutisia clematis, visitó Curubital durante las primeras jornadas de plantación.
El profesional de la Subdirección Técnica Operativa analizó detalladamente los dos conglomerados arbóreos del predio donde fue registrada una de las joyas botánicas que descubrió el sabio Mutis.
“Ambos sitios, conformados por una mezcla de varios árboles y arbustos nativos, están cubiertos por las enredaderas de la Mutisia, plantas que pueden estar ahí desde hace más de cinco años. Observamos una en el suelo que apenas está creciendo”.
López aseguró que este hallazgo es de gran importancia para la investigación que desarrolla, un trabajo que consiste en evaluar diferentes alternativas de propagación para fortalecer su conservación y contribuir al conocimiento de la especie.
“La planta cuenta con poca información sobre su reproducción y propagación. El hallazgo en Curubital nos permitirá ampliar el conocimiento sobre el estado actual de la especie y su distribución y comportamiento reproductivo en condiciones naturales”.
Además, según el ingeniero de la UPTC, la presencia de la Mutisia en este predio de Usme “posibilita comparar similitudes y diferencias entre individuos, así como identificar posibles limitantes asociadas a su propagación y regeneración natural”.






